Tomás González:   El bello arte de ser y los juegos carnavalesco de la negritud.

Por Alberto Abreu

En el mapa de la dramaturgia cubana contemporánea el nombre de Tomas González es, sin objeción alguna, una voz imprescindible y la más desatendida. El hecho no me sorprende. Desafortunadamente, sobre estas paradojas y olvidos se articula una región significativa del campo cultural cubano.

Guionista de dos cintas memorables dentro de la filmografía cubana: De cierta manera, de Sara Gómez y La última cena, Tomás Gutiérrez Alea. Tomás es uno de nuestros autores teatrales más prolíficos. Creador, además, del Método de Actuación Trascendente que lo sitúa como una de las sensibilidades más inquietas y osadas de la escena cubana. En el se reciclan creativamente las conquistas y postulados teóricos-práctico de Stanislavski, Lamba, Grotowski, Living Theater…

El mismo busca explorar los dispositivos más insospechados del cuerpo y la memoria en bailarines y actores como parte de su entrenamiento para las representaciones dentro del llamado Teatro Ritual Caribeño. Ha señalado una de las más activa promotoras de su obra, me refiero a la crítico Inés María Martiatu

Por la apariencia excéntrica, con que encara los nuevos descentramientos culturales y otras conductas que se derivan del ser y el existir finisecular. Este método tiene sus anclajes en el perfornmance. Aceptado esto último, corresponde, entonces,  preguntarse sobre los modos en que el mismo asimila, re-lee los gestos performáticos de Joseph Beuys,  o por la forma en que articula (en un nivel filosófico, estético) zonas de contacto con aquellas memorables  acciones plásticas protagonizadas por el nuevo arte cubano en la segunda mitad de la década del ochenta. En fin: lo que me interesa de este autor es su  sensibilidad y su gesto escriturario. Su status  precursor dentro de una cartografía erosionadora de los modelos culturales establecidos. En la que su poética se ubica como un enclave donde se conjugan ciertos tic del absurdo piñeriano, los postulados del Teatro Ritual Caribeño, los gestos más desacralizadores, carnavalesco, del arte nuevo cubano: el bad paitting, el espiritu ritual de los performance de Tania Bruguera. Y la postura que ante los lenguajes corporales asumen novelistas como Pedro Juan Gutierrez  y Jorge Ángel Pérez.

Lo que nos lleva a considerar la significación de este método de actuación y de su dramaturgia más allá de las tablas y dentro de una dimensión más amplia dentro del campo cultural cubano de estos finales o/y principios de milenio. Nos aboca a otros posicionamientos, otros espacios de riesgo para pensar el teatro ritual caribeño. Propio de una región donde se entrecruzan el imaginario popular, la memoria pública y privada con algunas zonas del insconciente colectivo, la antropología, la religiosidad afrocaribeña, la oralidad. Así como con el carácter ritual que desde su inicio acompañó los ímpetus del performance, sus anhelos por conectar el arte con el flujo de la vida, su ruptura con las nociones restringidas de lo artístico; su aura dionisíaca y delirios por excavar en los origines rituales del arte: la máscara, la representación, la música, la danza. El descentramiento de las fronteras espacio-tiempo, entre actor y espectador, lo publico y lo privado…Hablo también de reconfigurar nuestra memoria cultural más inmediata. Articular miradas críticas que difuminen esas parcelaciones que confinan las lecturas y conceptualización de las prácticas y  representaciones simbólicas a la especialización del discurso crítico.

Inés María Martiatu, la más apasionada promotora de su obra, en su ensayo “Taller de Actuación Trascendente: El nacimiento el un método” Lleva un diario pormenorizado de aquellas sesiones realizadas hace años en la comunidad de Machurrucutu. Observadora atenta, sagaz, no pierde de vista un detalle. Su mirada todo lo registra. Tiene la convicción de estar asistiendo a un suceso sin precedentes para el teatro antropológico en Cuba y América Latina. Y quiere dejar constancia.

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