EL  NEGRO  EN  CUBA[1]

Por: GASTON   BAQUERO

Uno de los tópicos favoritos del exiliado blanco cubano es de la inexistencia en Cuba, antes del comunismo, de conflictos raciales.

Como casi todos los tópicos ese del no racismo, de la no discriminación, del no conflicto, es falso. Es una utopía, un fragmento de la más bella utopía soñada por el género humano, la pretensión de que haya existido o pueda existir por ahora una convivencia pacífica, consolidada por la igualdad real y práctica de posibilidades y de derechos, entre razas diferentes en un mismo país.

Dondequiera que estén conviviendo dos razas, dos religiones, dos idiomas, dos culturas, dos niveles económicos distintos, hay segregación, hay discriminación, hay lucha de razas, y una de ellas tiende instintivamente a dominar a la otra para dejarla al margen de las posibilidades de bienestar, de acceso al poder, y de aseguramiento del porvenir.

Desconocer esto es desconocer la historia pasada y presente de la humanidad. Dicho de una manera simbólica, desconocer la lucha perpetua de unos hombres contra otros por apoderarse del mando y de la riqueza, es desconocer la trágica supervivencia del episodio bíblico de Caín y Abel.

Entre los hombres de una misma raza, de una misma religión, de una misma cultura, de una misma capacidad  económica, se reproduce también todos los días, en grande o en pequeño, cruenta o inocuamente, la tragedia de Caín y Abel. La presencia de ¨otro¨, distinto, extraño, desvía momentáneamente el instinto de agresión, trasladándolo del igual al diferente.

Si hay señales, diferencias visibles, pruebas de que no se pertenece al clan dominante, la lucha es más fácil, más justificada por parte de los beneficiarios, los agresores, y más sufrida por parte de las víctimas. Cuando los blancos – o los católicos, o los negros, o los protestantes, o los ricos, o los pobres- se quedan solos, acaban siempre mordiéndose, despedazándose entre sí para alzarse cada cual con la presa si es posible. Pero si quien se acerca al banquete, si quien pretende participar o está participando, es distinto, diferente- negro, judío, extranjero, de otra religión, de otro partido político, pobre, etc.-, todos los otros se unen (provisionalmente) para acabar con el intruso.

Esta es todavía la ciega ley de la vida, el instinto zoológico de conservación. Esto es así, en todas partes, porque el ser humano se encuentra aún en los albores, en los balbuceos, y muy débiles, muy tenues aún, de la condición humana. El hombre sigue siendo una fiera. Está saliendo apenas de la animalidad, de la reacción desnudamente zoológica, instintiva, brutal, ante los obstáculos del mundo.

En esa cosa primitiva que es aún el mundo de los hombres (probablemente nuestra especie es, en el universo, la menos inteligente, la menos desarrollada, la menos racional de cuantas pueblan los mundos), no cabe pretender que actuemos como seguramente actuará el hombre dentro de diez siglos.

Lo humano del hombre está comenzando, es una lenta insipiencia, un tímido y minúsculo indicio de lo que llegará el hombre, el instinto impera sobre la razón. La cultura es aún un proyecto lejano, lejanísimo, porque la cultura no es otra cosa que la subordinación, el enrriendamiento de la animalidad, por la voluntad del hombre sobrepuesto y dominador de su bestia propia y personal.

En tanto no se alcance esta superación del sub-humano o pre-humano actual, es absurdo, es pueril, hablar de que amamos al prójimo, y de que en una ciudad fundada por blancos, los negros (o amarillos, o los rojizos) pueden vivir sin problemas, de igual a igual. Tampoco puede existir para los blancos en una sociedad fundada por negros. Eso no existe todavía, no ha existido jamás bajo la bóveda celeste.

Alemania parecía ser la nación más civilizada, más importante de la historia, después de la China antigua y de la Grecia del siglo y antes de Cristo. Allí habían nacido Goethe y Federico Nietzsche. Todo lo valioso que el hombre ha dicho en los siglos XIX y XX, se dijo primero en alemán. Sin embargo, fue allí, en la nación de las naciones, en la cuna y trono de la inteligencia, donde se produjo el estallido zoológico más humillante para el ser humano.

Ciertamente, el racismo de los nazis no era sino la última posibilidad que quedaba a la raza blanca para seguir ocupando el primer puesto en la brutal historia por donde ella se había paseado durante siglos como un vampiro insaciable. Pero la fiereza de Hitler le llevaba a devorar por igual a los judíos y a los blancos de otros países, que se habían tragado previamente a los negros, a los indios y a los chinos. Comiéndose a Francia, Hitler estaba, de paso, almorzándose las posesiones francesas en África y en Indochina; tragándose a Gran Bretaña, se merendaba de paso un imperio donde efectivamente el sol no se ponía jamás. Hitler quiso poner de acuerdo por la fuerza a los blancos, bajo su batuta, desde luego, y los blancos se coaligaron contra su único posible paladín. Hitler cayó, y la Europa colonialista e imperial murió con él.

Los negros, los chinos, los asiáticos de todo matiz (incluyendo en primer término el matiz ruso, como quería Spengler), asistían a aquella lucha de fieras entre blancos, con una sutil sonrisa. Adivinaban que la Europa blanca, colonialista, feroz, iba a ser sustituida provisionalmente en el poder mundial por una nación que tenía dentro el veneno de su disolución, que no podría jamás llegar a ser un imperio tipo Gran Bretaña, o tipo Francia, porque era una nación mestiza. Europa, por su ceguera, por sus guerras entre blancos, dejaba vacío el trono, y Norteamérica tendría que ocuparlo efímera  e ineficazmente, por una simple razón de vacío que se llena con el cuerpo más próximo, valga lo que valga, sirva o no sirva. Norteamérica estaba hecha con un mestizaje tal, con una mezcla de razas y de europeos resentidos de tanta entidad, que no les sería posible de ningún modo ocupar el puesto imperial de los europeos blancos. ¿Por qué? Porque Norteamérica no es una nación blanca. Procuró imitar a los europeos subyugando al negro, pero el negro ganó finalmente la partida.

Y la ganó porque Norteamérica no es una nación europea. Infortunadamente para la raza blanca; afortunadamente para las razas de ¨color¨). Alexis de Tocqueville, advirtió que dentro de cien años- es decir, ahora, hoy- ese país sería destruido por el conflicto racial, por la presencia y actividad de los negros. Adolfo Hitler le añadió a Tocqueville la observación de que Norteamérica se hundiría además por el lastre judío que lleva en las entrañas.

“Por más que vivo y trabajo entre paredes de cristal, no soy comprendido”.

Antonio  Maceo

-PARA EL ARTICULO COMPLETO SOBRE EL NEGRO EN CUBA- Gaston Baquero El Negro en Cuba


[1] La enciclopedia de Cuba.   Tomo   5 Playor. S.A.  Madrid, 1974

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