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Representaciones del personaje del negro en la literatura cubana.

Una perspectiva desde los Estudios Subalternos

(Madrid: Verbum, 2010)

Carlos Uxó

Cuenta el periodista cubano Manuel Vázquez Portal que en el año 1999, mientras vendía libros en la habanera Plaza de Armas, se le acercó una joven portuguesa que quería escribir una tesis sobre “el negro en la literatura cubana”. La respuesta, medio en broma, medio en serio fue tajante: “Tendrás que leer toda la literatura cubana”.

Mi libro Representaciones del personaje del negro en la literatura cubana. Una perspectiva desde los Estudios Subalternos no trata, desde luego, de toda la literatura cubana, cubana, sino de la representación en la narrativa cubana de ficción del personaje del negro, con el doble objetivo de establecer, a través del análisis de dicha representación, la relación entre ésta y la perpetuación de la posición subalterna del negro, y de determinar hasta qué punto la primera generación de escritores nacidos y educados en la Revolución (los Novísimos) rompen con las tradiciones observables hasta entonces o se adhieren a ellas. A tal fin, y tomando como base los parámetros teóricos de los estudios subalternos – sigo un acercamiento multidisciplinario acorde con las tendencias más recientes en estudios de este tipo y recurro a estudios sociológicos, históricos, o económicos para complementar el puramente literario.

Si bien es cierto que otros críticos han analizado ya el personaje del negro en la narrativa cubana (pensemos en The Black Protagonist in the Cuban Novel (1979), de Pedro Barreda; El negro en la novela hispanoamericana (1986), de Salvador Bueno y los tomos II y IV de la monumental Cultura afrocubana (1988-1994) de Jorge e Isabel Castellanos), mi trabajo se centra específicamente en el papel desempeñado por los letrados en la subalternización del negro, aspecto totalmente ausente en los textos citados – que, en todo caso, tampoco alcanzan a la narrativa de la Revolución. De otro texto sobresaliente, Black Writers and the Hispanic Canon (1997) de Richard L. Jackson, me separa su enfoque exclusivo en escritores negros, así como su expreso deseo de conseguir que las obras de los escritores estudiados se integren al canon literario hispánico, finalidad bien ajena a mi estudio.

Por lo que respecta a la literatura más reciente, ciertamente en las últimas dos décadas las expresiones culturales y religiosas afrocubanas han sido analizadas con atención inusitada por parte de numerosos especialistas, tanto cubanos como extranjeros. Tal proliferación, sin embargo, no ha alcanzado el campo literario cubano, en el cual todavía en 2004 resultaba poco “usual abordar las problemáticas raciales” (Zurbano). Más recientemente, este extremo quedaba confirmado por Alejandro de la Fuente, para quien si bien se habría “presenciado una actividad significativa en las últimas dos décadas” en torno a los estudios sobre el mundo afrocubano, éstos se habrían concentrado mayoritariamente en torno a la religión y la música (de la Fuente “Recent” 110). Efectivamente, el renovado interés mencionado por de la Fuente, apenas si ha alcanzado al terreno de lo literario (y específicamente la narrativa), donde por otra parte se ha mantenido la tendencia general a analizar en relación a obras y escritores canónicos como Alejo Carpentier, Lydia Cabrera o Miguel Barnet. Más aun, en el caso de los Novísimos, no existe hasta el momento un solo estudio, por breve que sea, que lleve a cabo una lectura racial de su narrativa.

Como queda dicho, el marco teórico adoptado en este libro, es el de los estudios subalternos, corriente teórica que brota a comienzos de los años ochenta entre historiadores indios opuestos a las historiografías elitistas británica y nacionalista india. Para quienes se vinieron a constituir como el Grupo de Estudios Subalternos del Sureste Asiático, ambas formas de entender la historia de la India concedían un papel exagerado a las respectivas élites desde las que estaban escritas, eran incapaces de describir adecuadamente la realidad del sujeto subalterno y estaban directamente implicadas en la construcción y mantenimiento de un statu quo basado en la dicotomía entre grupos hegemónicos y grupos subalternos. Asimismo, ambas historiografías asignaban únicamente a los grupos hegemónicos la categoría ‘agente’ –que desaparecía por completo entre los subalternos– y eran responsables del ‘fracaso cognoscitivo exitoso’ (la sanción de un consenso social basado en un método analítico erróneo).

 

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Frente a todo ello, el intelectual subalternista (tanto en la primera versión surasiática, como en la adaptación realizada al contexto latinoamericano llevada a cabo por el Grupo Latinoamericano de Estudios Subalternos, fundado en 1992) propone recuperar al subalterno como sujeto de la historia, reconocer su agencia, analizar la relación entre poder y cultura y trazar un itinerario del silencio que permita entender cómo los grupos hegemónicos han vetado al subalterno el acceso a la enunciación.

Conviene enfatizar que los estudios subalternos no son estudios sobre los subalternos, sino análisis de las dificultades para representar a los subalternos, especialmente en los discursos y prácticas del saber letrado. El objeto de su estudio (y el de este libro) no es tanto profundizar en el conocimiento sobre las clases subalternas cuanto examinar las dinámicas que imposibilitan que su voz sea escuchada.

Los estudios subalternos resultan una herramienta efectiva para el estudio de la literatura, en tanto que ésta, como forma cultural, articula representaciones del sujeto subalterno que necesariamente se posicionan ante el poder hegemónico (al cual respalda o refuta). Las decisiones adoptadas por un autor a lo largo del proceso creativo no poseen un carácter meramente estético, sino que establecen necesariamente una interacción con los centros de poder y los procesos de subalternización. Por ello, se señala como prioritario el análisis de tal interacción, a fin de establecer hasta qué punto los letrados en general (y los narradores en particular, por lo que respecta a este libro) se hallan implicados en el mantenimiento de un statu quo que imposibilita la articulación de voces subalternas. El análisis literario que se lleva a cabo desde los estudios subalternos traza, en definitiva, un “itinerario del silencio”, locución que enfatiza dos aspectos de interés especial en mi trabajo: el mutismo que se le impone a las clases subalternas (en este caso afrocubanas) y la perduración del mismo a lo largo de la historia.

A fin de trazar este itinerario del silencio, en el capítulo dos me he centrado en lo que podríamos denominar proceso de subalternización socioeconómica del negro, mientras que en los capítulos tres y cuatro he tratado el proceso de subalternización observable en la narrativa cubana. El análisis de ambos procesos, en todo caso, muestra su relación intrínseca y la implicación y participación de éste en el mantenimiento de aquél.

En el capítulo 2, “El negro en Cuba”, llevo a cabo una revisión de los eventos históricos que han influido de manera más directa en el estatus social del negro en Cuba desde su llegada hasta el final del siglo XX. Este capítulo no sólo provee un contexto histórico en el que situar el análisis literario de los capítulos 3 y 4, sino que además muestra la continua subalternidad del negro a lo largo de los tres periodos en que se divide la historia de Cuba (Colonia, República y Revolución).

Llegado a Cuba como esclavo de amos españoles, el negro ocupa desde su entrada en la historia de la isla una posición claramente subalterna. No obstante, su dedicación inicial mayoritaria al servicio doméstico y las presiones mínimas de un todavía embrionario sistema económico le evitan las crueldades extremas posteriores. Paulatinamente, y como resultado directo del drástico descenso de población indígena y el progresivo desarrollo de la economía cubana, sus circunstancias sufren un franco deterioro paralelo al cual tienen lugar tanto la reinscripción identitaria del negro como el desarrollo por parte de éste de diversos modos de resistencia. Este libro analiza ambos fenómenos a partir de los presupuestos teóricos de los estudios subalternos, reclamando tanto la agencia del negro en el proceso identitario como el carácter político de la lucha contra la opresión en que se encontraba.

A finales del siglo XVIII el desarrollo de una economía de rápido crecimiento provoca tanto un vertiginoso aumento del número de esclavos como un rotundo deterioro de sus condiciones, circunstancias ambas que combinadas con el triunfo de la revolución de esclavos en Haití crean una situación altamente volátil. La tensión racial lleva a la repetición insistente de unos círculos viciosos (que ya se apreciaban con anterioridad pero que resultan ahora más violentos) en los que a cada levantamiento o acto de rebelión esclava responden los grupos hegemónicos con una escalada inusitada de violencia y represión. Las brutales represalias de las conspiraciones de Aponte (1812) y la Escalera (1844) resultan paradigmáticas en este sentido. El segundo caso, por lo demás, supone un intento de reafirmar la línea de división racial que la aparición de una incipiente clase media negra hacía tambalear.

 

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