Por: Carmen Chacón Záldivar

Los primeros en cuestionar la existencia de una voz femenina que discursa con registro propio, metáforas autónomas, argumentos sólidos y flow inteligente  dentro del género, fueron los raperos. Hombre y mujeres. Sobre todo los más reconocidos. Nuestros primeros encuentros fueron difíciles. Ellos iniciaron su historia cuando no les alcanzaron las utopías para cubrir  urgencias. Yo, caminé durante algún tiempo en círculos, buscando verdades que me devolviesen las razones para establecer un dialogo con la cultura nacional.

Entre los años 1985 y1988, mientras impartía clases de inglés, en la secundaria básica Tupac Amaru, del reparto Alamar, municipio Habana del Este, Ciudad de la Habana, compartí con un grupo de adolescentes que fueron mis mentores para entender nuevos fenómenos que se estaban gestando hacia el interior del imaginario y la sociedad cubana. Se suponía que yo fuese su profesora guía. Quien debía reunirse con sus padres, representarlos en los consejillos, orientarlos y colaborar en el desarrollo de las potencialidades forjadoras del hombre nuevo. Ellos me superaron en el propósito de reformular expectativas de evolución y desarrollo. Recuerdo que mi último año con esos muchachos, (terminaban su andar por la secundaria básica) fue divertido a la vez que extraño. Me fijé cómo para mis clases dividían el aula por preferencias de géneros musicales, los otros profesores los obligan a sentarse por orden alfabético. De un lado los reparteros, muy cerca, sin mezclarse demasiado los moñeros, distantes y casi sin puntos de conexión los roqueros. La interacción entre los miembros de cada gueto se daba no sólo por afinidad musical. Intervenían; los códigos del vestir (incluido el uniforme escolar), su presencia física, la forma de expresarse,  la gestualidad de sus maneras al bailar,  el diseño de sus peinados, los símbolos transnacionales que utilizaban en los forros de sus libreta, libros,… y a través del dialogo español- inglés. Las discusiones entre los grupos interrumpieron algunos turnos de clase. Mientras me esforzaba por enseñar el programa obligatorio para los estudiantes de la secundaria básica, ellos re-definían la alternatividad urbana confrontando conflictos extendidos más allá del gusto musical.  Los moñeros y  reparteros fundamentalmente eran negros y mulatos. Los roqueros, mulatos y blancos. La socialización de este fenómeno ocurría fuera de la escuela, lejos del hogar, en tierra de nadie. Allá donde las fronteras principales fueron construidas por especificidades locales, modelos de crianzas y realidades existenciales. Sin embargo, el lenguaje común dejaba fuera del discurso a las niñas. Ellas se movían hacia el centro, o sea hacia la atención de la profesora que evaluaba sus trabajos de control y llenaba al final de curso sus expedientes acumulativos. Con indiscutibles excepciones, entraban y salían de los guetos según los cambios de novios o de emplazamientos, por ejemplo cuando se debatía acerca de la racialidad, las representaciones viriles asociadas a los guetos, el emplazamiento de los estatutos sociales establecidos,… Algunas veces los varones entraban al circuito de las hembras, siempre en busca de mejorar alguna nota, asegurar el aseo para la etapa de la escuela al campo o la merienda al terminar las clases.

De esa manera; en el cotidiano interactuar con mis alumnos, descubrí los cambios. Los asumí sin integrarme, como observadora.  Sobre todo cuando me tocaba el papel de mediadora entre lo que otros profesores llamaban indisciplina grave y el desenfado con que ellos habían cambiado posturas  rígidas y de dominación  tales como; estudio individual, trabajo socialmente útil y guía base, por otros más saludables; el homework, la pincha, my tichersita. Explicar la movida que se estaba gestando a los colegas, me facilitó encontrar respuestas para mis propias inquietudes pedagógicas e intelectivas. Alamar es un reparto emergente donde se juntan nuevas y viejas estructuras de vida social comunitaria. Las metáforas callejeras invadieron espacios allí donde la desidia y  el abandono armaron un sistema carente de programas culturales; teatros, cines, galerías, etc. Desde su fundación en 1970, los y las alamareños disfrutábamos las noches sabatinas en fiestas particulares a las cuales se llegaba con o sin invitación. La primera vanguardia de “alejados” compartíamos esos espacios sin conflictos. En una misma fiesta coincidíamos; guapos, pepillos y rastafaris. Era más bien una división musical. Cuando ponían Buscando guayabas, bailaban los guapos. La chica maravillosa, era para los pepillos. ¡Ah!, pero Bob Marley no era exclusividad de los rasta. La sonoridad del Caribe más el inglés hacían posible un nivel de cercanías insospechadas. Con Bob Marley bailaban todos. Y fíjense bien que digo bailaban todos y no me incluyo. La razón es bien simple. Yo soy  mujer. Y las féminas bailábamos con guapos, pepillos y rasta. Los motivos los vi claramente mientras analizaba el comportamiento de mis alumnos guías del noveno seis.

Entiéndase que no estoy hablando de lo que sucedía en el Vedado, Miramar, Centro Habana o la Habana Vieja. Mis experiencias y pequeñas incursiones investigativas fueron sólo en Alamar. Mejor dicho entre las primeras zonas que conformaron el reparto obrero más hermoso que ojos de niña vivieron.

Las hembras de mis grupos tenían preferencias musicales al igual que los varones. Lo que no tenían era la misma libertad de moverse en espacios ilegales como ellos. Con frecuencia entraban a los baños antes de llegar al aula para transvertirse en rokeras o moñeras. Las reparteras no tanto. Bastaba con pintarse más los ojos y delinear el contorno de los labios. Repito que había excepciones. Igual que en los setenta los varones eran más libres. Eran líderes de sus tribus, salían libremente hasta después de las doce, no limpiaban, ni fregaban, ni cuidaban a hermanitos pequeños. Otro dato, el acceso a la tecnología era dominado por varones. Comenzaba en el hogar. Si las familias lograban comprar algún equipo, desde el más modesto de los radiotransmisores hasta el último modelo de grabadoras eran para que el machito escuchase musiquita. Se reforzaba en la escuela, el cambio de bombillos fundidos, los cables pelados, en fin todo lo que tuviera que ver con la electricidad o la electrónica era asunto masculino, vestido de azul.  Mientras las princesas del hogar, las rositas, margaritas, magnolias y dalias, cuidaban de sus estudios, sus uñitas y sus pelos.

Pero ¿qué pasaba cuando una de esas florcitas se convertía en un espíritu libre?  Las primeras en acusar y evaluar eran las féminas. Lo he vivido un par de veces. Primero fue  Madelin, mi vecina. Nadie entendía a; esa muchachita. Tanto que trabajaba su padre y ella de mataperros, andando todo el tiempo con varones, oyendo música y metida Dios sabe en  qué. No importaba que el mejor amigo de Made fuera  hijo o  hermano de quien juzgaba. El macho sí, la hembra no. Luego me pasó con Maday, mi alumna. Negra y moñera, era cometer dos veces el pecado original; mírenle esos pelos, que vergüenza.  El último hinca. Se burlaban. Hasta a mi me confundieron. Un mal día le dije que si no le daba vergüenza andar tan tarde por la calle rodeada de tantos varones, que esa música era muy agresiva y no sé que otras boberías. Ella  respondió que si me atrevía a afirmar que el gusto por una u otra música tenían algo que ver con el color de la piel, o con ser hembra o varón. De paso me pregunto si no me daba vergüenza cocinar cada tres meses mi cabeza para ocultar el pariente africano. Dieciocho años después juzgaba por cabeza ajena. Repetía lo que tanto me molestaba que dijeran de mi vecina. Menos mal, Maday me enfrentó a mis prejuicios.

 

Para leer mas ~Arco iris frente al mar

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