Nuevas cartografías latinoamericanas, una lectura desde sus silencios

Alberto Abreu

[crédito]

Al pie: * Román de la Campa, Nuevas cartografías latinoamericanas, Letras Cubanas, La Habana, 2006.

Consagrado a explorar los nuevos universos problemáticos, que surgen del acto de pensar lo cultural en América Latina, en los nueve ensayos que conforman Nuevas cartografías latinoamericanas,* su autor: Román de la Campa nos propone un corpus de textos y tópicos vinculados a lo poscolonial, lo subalterno, los estudios culturales. Su intención —así lo declara— es “colocar un prisma espacio-temporal para el nuevo saber sobre América Latina en lo relacionado con las humanidades y las ciencias sociales aledañas, con énfasis particular en las formas de pensar que ya no responden a estos linderos tradicionales” (p. 23). Es decir, proponernos tanto un mapa como un diseño de periodización sobre este nuevo orden de producción del conocimiento, en torno al latinoamericanismo, emergente tras el fin de la Guerra fría, en un contexto geocultural signado por la globalización, el neoliberalismo y el boom teórico de los discursos post.

Siempre que he tratado de indagar, entre mis colegas, por el alcance de este libro, y las posibles resonancias de su recepción dentro del campo intelectual cubano de estos días, la respuesta ha sido la misma: “un libro inteligente”; calificativo que solemos emplear con bastante frecuencia para referirnos a todo aquello que nos parece denso. Una salida, si se quiere, también “inteligente”, por cuanto oblitera el debate y nos salva del ridículo; marca una distancia respetuosa, pero distancia al fin, en relación con el objeto que intenta traerse a discusión.

Confieso que una frase lapidaria como esta, enunciada desde la comunidad interpretativa cubana y sus paradigmas teóricos, suena cándida, pueril, si se toma en consideración que varios ensayos de este libro (“Pensamiento e inmanencia global” y “Globalización, neoliberalismo y estudios culturales”), vienen a hablarnos de nuestros prejuicios hacia la teoría, de  ciertos desfases en el status teórico actual de nuestros estudios literarios, a señalar mutaciones y zonas de tensión operadas por el latinoamericano en ese campo, y lo que estimo todavía más imprescindible: interrogarnos sobre el actual desempeño de nuestras prácticas intelectuales en relación con un saber otro, así como la reticencia -tanto de la academia, como de ciertos circuitos encargados de la administración del conocimiento – ante esta discusión continuamente aplazada entre nosotros.

En el caso de la experiencia cubana (si aceptamos que en estas cuestiones de teoría somos tan latinoamericanos como en lo histórico, lo cultural, lo social, lo político…) este fenómeno plantea otros desafíos  que van más allá de los procesos de migraciones y recontextualizaciones teóricas, para interrogarnos sobre la presunta validez de las herramientas analíticas con que nuestro pensamiento cultural va construyendo su modo de leer y pensar los nuevos sujetos y prácticas simbólicas emergentes en estos principios del siglo xxi, y las distintas estrategias y argucias a través de las cuales estos saberes instituidos, desde la ortodoxia de los presupuestos teóricos al uso y su habitus de recepción, se constituye en hegemonía que silencia, desautoriza las textualidades, identidades, discursos y prácticas culturales emergentes las cuales, como nos viene a recordar el libro de Román de la Campa, se generan en los nuevos imaginarios atravesados por el flujo y reflujo entre lo local y lo transnacional, por contagios culturales, la diseminación, la fragmentación; además de otro(s) sujeto(s) cultural(es) y representaciones simbólicas escindidos en un sinnúmero de problemáticas —raciales, de género, geoculturales, de oralidad, memoria, ciudadanía, subalternidad— inscritas en un espacio de negociación postnacional. Desde una aspiración inclusiva, democratizadora del hecho artístico y cultural. Estos sujetos y representaciones vienen a interpelar al pensamiento sociocultural cubano sobre los modos en que su actual estatus teórico revalida un modelo de intelectual que, desde la pureza de lo genérico, lo estilístico, la disciplinariedad del saber, reproduce un concepto higienista y blanqueador de lo cultural.

Coincido con mis colegas en que estamos ante un libro y un autor inteligentes. Esta concordancia presupone dos interrogantes: ¿En qué se diferencia esta propuesta de cartografía, de otras tantas (ensayos personales, compilaciones, dossiers de revistas) que han aparecido sobre y desde América Latina, destinadas a dar fe de la existencia de una constelación de discursos y prácticas intelectuales sobre el latinoamericanismo; seductoras por la variedad de objetos de estudios, ámbitos disciplinarios, búsquedas epistémicas? Es decir: ¿sobre qué consensos o disensos, inclusiones o exclusiones se configuran estos mapas del pensamiento latinoamericanista que nos propone De la Campa? Todavía cabe la posibilidad de una tercera pregunta. Tiene que ver con el tópico de las migraciones teóricas, la localidad intelectual receptora de esos descalces teóricos, las contiendas discursivas y de relaciones de saber establecidas dentro de ella, y que este nuevo orden de producción del conocimiento impugna, erosiona.

En el prólogo de Alfredo Prieto a este libro hay un dato que nos informa sobre ciertos pliegues y tramas propias de la escena intelectual cubana en relación con la recepción de estos nuevos discursos y debates teóricos provenientes de los estudios culturales, la crítica cultural, los estudios potscoloniales y subalternos en su versión latinoamericanista. Voy a detenerme en las líneas donde se lee: “Nuevas cartografías latinoamericanas tiene una intrigante peculiaridad: es un libro demasiado “sociológico” para ser “literario” y demasiado “literario” para ser “sociológico”, también en los párrafos finales su autor confiesa que no le son ajenas las aristas controversiales del libro: “En Cuba, como en otras partes, este idiolecto tiene partidarios y críticos”. Y continúa diciendo: “El lenguaje en Román de la Campa es, de primera y pata, difícil, pero a mi modo de ver perfectamente asimilable una vez que el no iniciado llega a familiarizarse con su manera”. Esta confesión, que podría hacer sonreír a cualquier cientista social latinoamericano por su puerilidad, no deja de ser entre nosotros una gran verdad; y, al mismo tiempo, ilumina ciertos hábitos de recepción tras los que muchas veces el saber hegemónico (las jerarquías por el establecidas en el orden de las políticas del conocimiento y su administración) enmascara sus reticencias y temores a cualquier desplazamiento o mutación en los paradigmas teóricos-culturales vigentes.

Volvamos a la primera cita del prólogo, donde Prieto establece una interrelación entre lo “literario” y lo “sociológico”. Es más que un juego de palabras. Alude a la tensión producida, dentro del campo intelectual cubano de hoy, entre los saberes consolidados y los emergentes; donde el segundo de los términos, inscrito como lo “sociológico” intenta designar, dentro de esta lucha de saberes, la transdisciplinariedad de los estudios culturales y de la crítica cultural, sus apropiaciones de sistemas y subsistemas provenientes de otras disciplinas; su apertura al diálogo con otras ciencias: una conquista del pensamiento posmoderno, y de la crítica cultural; que han transformado al latinoamericanismo un campo de estudio que incorpora saberes antes marginados por el canon de las disciplinas tradicionales. Se trata de un gesto experimental y creativo que busca la reconfiguración de nuevos instrumentos teóricos para el análisis crítico de la cultura.

La cita de Prieto sugiere dos dimensiones para su lectura. Una: la escritura de este libro, sus intentos por delinear una cartografía sobre el nuevo orden de producción de conocimientos emergente en América Latina, su impacto y relaciones conflictuales con las ciencias sociales y las humanidades. Y la otra,  involucra a la comunidad interpretativa cubana de principio de milenio (en este caso el lugar desde donde Alfredo Prieto escribe el prólogo y desde donde intenta ponderar el libro de De la Campa), un campo intelectual jerarquizado por el literaturicentrismo, fiel a la tradición letrada de la modernidad y el textualismo de la academia.

¿Cómo se resuelve, en cada una de estas dimensiones de lectura, la tensión entre lo literario y lo sociológico? En la primera (el contexto del libro) se recurre a este juego semántico donde lo rotulado como “sociológico” se cruza o difumina en lo “literario”. Es curioso cómo Prieto utiliza aquí el entrecomillado posmoderno que cuestiona la fijeza actual de las fronteras de estos dos campos disciplinarios, y hace patente el malestar de la clasificación.

En relación con la segunda dimensión o ámbito de lectura (la comunidad interpretativa cubana), me pregunto si apelar, en Cuba, a un término como sociológico para designar estas teorías y escrituras críticas emergentes dentro del latinoamericanismo —las cuales se explayan hacia los más disímiles bordes de diseminación cultural, con perturbadoras interrogantes (filosóficas, estéticas, sociales, políticas, históricas) sobre el concepto de lo literario y la noción de literaturidad (sus quiebres e insurgencias en un mundo cultural signado por lo global, el protagonismo de las nuevas tecnologías y de los mass media)— puede resultar,  entre nosotros, peyorativo, pues se trata de un término que históricamente ha sido leído como lo opuesto a lo literario, a sus espacios de autonomía, a la vulgarización ideologizante de lo artístico.

 

Para leer mas sobre el articulo ~ Versión Definitiva Nuevas Cartografía

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