Pronunciamientos de Jorge Ángel Pérez contra los hechos de racismo y homofobia denunciados por Víctor

Fowler y Alberto Abreu Arcia.

Roger Moore acaba de ser acusado de racista, montones de mensajes llegados a mi correo electrónico reseñan los comentarios del actor que interpretó a James Bond en la década del setenta, el que asegura, ahora a París Match, que el actor negro Idris Elba no podría hacer el mismo personaje que él porque no era un inglés inglés: más claro ni el agua. Creo que fue el año pasado cuando otra noticia parecida recorrió el mundo, la protagonista era Cher, y tuvo que ver con una disputa entre la cantante y su coreógrafo; a la primera le parecían muchísimos los negros bailarines que compartían con ella el escenario, y aseguraba que tal cosa la tenía muy molesta. Ella negó el racismo de sus comentarios pero la verdad fue que nadie le creyó. Que sean circuladas estas noticias, y comentadas con indignación, me parece bien, más que bien, lo triste es que nadie hable sobre lo que sucedió en estos días a Víctor Fowler cuando intentaba visitar a una amiga en la Lonja del comercio, en la Habana de ahora mismo. Resulta que a Víctor le estuvieron cuestionando el acceso al edificio y hasta le exigieron explicaciones mientras que las otras dos personas, blancas, pasaron como Pedro por su casa. “A quien va a ver. Para qué”, así le preguntaron. Recibí el mensaje de Víctor y estuve esperando, en vano, alguna reacción de sus colegas. He vuelto a leer esa denuncia que hiciera Fowler y me parece realmente denigrante lo que le sucedió y que, penosamente, es bien creíble, sucede con muchísima frecuencia. A quien lo dude le sugiero que desande un poco por las calles de La Habana y que se fije en el color de la piel de las personas a quienes la policía exige que muestren su carné de identidad; sin dudas la gran mayoría son negros, y pobre de estos si no son residentes en La Habana, desgraciados si han llegado desde el oriente y tildados de palestinos, “¡un monstruo de tres cabezas!”. Injusticias como esta ocurren muchas veces en la ciudad, en el país, pero jamás las denunciamos. Nadie se pregunta por qué un oriental es ilegal en esta ciudad ni tampoco por qué precisa de un permiso de residencia en La Habana o por qué es deportado si no tiene ese permiso. Nadie reclama a la prensa un comentario sobre el asunto y nos conformamos cuando esos diarios cuestionan las deportaciones de los inmigrantes en Arizona. Cada vez son más denigrantes los calificativos usados para definir a los habitantes de esa zona del país. Ni siquiera agradecemos, cuando el éxodo de maestros habaneros es enorme hacia otras regiones del mundo o a otros sectores de la economía, que nos lleguen educadores de aquella parte del país, y solo se nos ocurre decir que están mal preparados, como esos policías que prefieren detener a los negros y a los homosexuales o deportar a sus coterráneos. Sería muy bueno que denunciáramos todas esas injusticias, las que sufrió ahora Víctor Fowler por ser negro, y también que pongamos en evidencia a los que vejaron a un montón de homosexuales en Cárdenas y Matanzas y que denunciara hace unos días Alberto Abreu. Víctor, uno de nuestros intelectuales más lúcidos, como Alberto, negros los dos, saltaron reclamando justicia. Ambos pudieron circular su denuncia, lo terrible es que hay otros que no lo consiguen porque no tienen medios para hacerlo y porque además no les hacen ningún caso. Ojalá sean atendidos sus reclamos, ojalá otros de sus colegas ofrezcan apoyo. Ojalá, Víctor, que esos encargados de hacer el test que propones no sean racistas encubiertos que supongan que no es nada del otro mundo que un custodio se equivoque si quien quiere acceder al edificio es un hombre negro, ojalá que la prensa reseñe estos sucesos, que exija soluciones y deje de creer que son otras las cuestiones que reclaman sus escritos. Ojalá, Alberto, que esos policías homofóbicos sean amonestados, que sean juzgados, que no se atrevan más a importunar al gay que sale a cumplir con su cuerpo y sus deseos. También te cuento, Alberto, que no son pocos los uniformados que olvidan esa fobia cuando se les ofrece un dinerito, y hasta abandonan la gorra, y las botas, y el traje azul con charreteras, al menos por un rato.

Jorge Ángel Pérez

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