Una de las principales batallas contra el racismo cubano hay que librarla en el plano de las relaciones saber-poder.

Por Alberto Abreu Arcia

Agradezco los comentarios de Pablo Herrera y de Graciela Chailloux al texto de Jesús Guanche “El racismo contra la pared”. Tanto las observaciones Herrera como la Chaillouxios apuntan hacia el nódulo de los actuales debates y acercamientos a la problemática racial en Cuba. Me refiero a la encrucijada entre las viejas y las nuevas epistemologías raciales. Se trata de un posicionamiento teórico en complicidad con los espacios de poder. Por cuanto la elección de uno u otro posicionamiento determina quienes pueden o no hablar en los medios oficiales sobre la problemática racial cubana, qué tipo de visiones son válidas sobre el tema. Es decir: que dicho posicionamiento no solo configura al sujeto de enunciación en estas discusiones, sino que también participa del doble juego entre lo que se inscribe y se tacha, de lo decible por “políticamente correcto” y lo continuamente desplazado, del poder de la memoria o la memoria contada desde el poder. En el último de los casos asistimos a una especie de reactualización de aquellos presupuestos colonialistas que históricamente han considerado al sujeto negro no apto para el orden gramatológico y la producción teórica, incapaz de hablar por sí y sobre sí, sino que necesita del papel mediador o ventrílocuo del letrado blanco. El discurso historiográfico cubano y los relatos fundacionales de la nación están lleno de estos travestismos culturales.

Claro está, que la persistencia o resemantización, en el presente, de estas estrategias le permite a la academia y a determinados intelectuales dentro de ella presentarse como emancipadores de un sujeto, que hasta hace poco, sus propias escrituras subalternizaban. Es decir, de una subalternidad que ellos mismos ayudaron a construir. No quiero citar nombres ni ejemplos, pero ahí están los libros.

Desde luego que es más cómodo, en el orden del pensamiento y del debate sobre la problemática racial cubana, mantener este status teórico, antes que asumir de, una vez y por toda nuestra afromodernidad. Sería incauto pensar que acciones como la inclusión en los distintos programas enseñanza del lugar y el protagonismo del negro en la historia de la nación y otras estrategias afirmativas similares, por sí solas, resolverían el problema. Me divierte nuestra vocación para la tautología, para no sacar lecciones de la historia vivida. En los sesenta se pensó que aplicando leyes se resolvería el problema de la discriminación racial, y miren en el 2015 en el punto donde nos hallamos. Tales acciones de por sí solas no sirven de nada, si su puesta en práctica no está ungidas de nuevos impulsos conceptuales que operen como una deconstrucción o problematización de viejos paradigmas, marcos analíticos y modelos de representación legitimados por la historiografía y el saber académico en Cuba y que en muchas aristas reproduce ese sistema de enseñanza. Por cuanto el racismo no sólo la acción de discriminar a una persona por el color de su piel, sino que es consecuencia de sofisticadas estructuras y modelos cognitivos.

Habría que preguntarse antes: ¿a qué herejías e intranquilidades epistemológicas nos abocan los actuales debates sobre la discriminación racial en Cuba? ¿Por qué las prácticas del sujeto negro, su racionalidad otra, actúan como un contradiscurso o una contranarrativa de ese proyecto de modernidad y nación excluyente a partir del cual toda esa genealogía de patricios ilustres, blancos y letrados imaginó la cubanidad? ¿Qué interpelaciones lanza la problemática racial cubana a las categorías del saber occidental, a los modos higienistas y terapéuticos desde los que tradicionalmente nuestros ciencias sociales han venido imaginando al otro de la racialidad?, ¿cuáles son sus convergencias y desencuentros con el pensamiento historiográfico y el discurso académico institucional cubano creador y legitimador de esta condición racial subalterna? Aún me atrevería a formular otras dos últimas y no menos desafiantes: ¿Cómo encarar las nuevas prácticas intelectuales y simbólicas, y los nuevos modelos conductuales que se derivan de un mundo de sujetos post-transnacional, atravesado por un entorno massmediatico, y de discursos post (la posteoría, lo postracial, la poscolonialidad, el postocidentalismo,) donde la identidad racial negra se re-define en la intersección y el diálogos con otras identidades génerico, sexuales, generacionales, grupales, etc. y que en la actualidad desbordan los límites del conocimiento disciplinarios? Y lo que resulta más risible, los lados eurocentristas de una academia y de un pensamiento social que se precia de latinoamericanista, socialista, de izquierda. Lo que explica sus escepticismos hacia los estudios decoloniales, culturales y subalternos, sus gestos deconstructores de categorías como mestizajes y sus pretensiones de una Historia con mayúscula que cristaliza en la narrativa del progreso que coloca las otras formas de saberes, provenientes de las antiguas naciones y sujetos colonizados, en la condición de saberes subyugados: modos de conocimientos o cosmovisiones del mundo arcaicas, primitivas, ilógicas.

Agradezco a Pablo Herrera y de Graciela Chailloux por poner el dedo en la llaga. Por señalar esas complicidades entre teoría y política (Hegemonía), que vienen a poner de relieve el tortuoso itinerario de silencios, retrocesos, incertidumbres, dogmatismos y carencias por la que ha transitado el pensamiento social y el discurso historiográfico cubano en las últimas cinco décadas. Ahora, la pregunta sería: si esos circuitos académicos estarían dispuestos a volverse contra sí mismos. Ja, ja, ja… Hay que ver nada más como se ponen en guardia ante la propuesta de nuevas terminologías como: afrocubana, afrodescendiente, afrofeminismo etc. y el escozor que les produce. En fin, que nadie se llama a engaño ni se deje seducir por la hojarasca: una de las principales batallas contra el racismo cubano hay que librarla en el plano de las relaciones saber-poder.

Un abrazo,

A

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