Archive for 19 marzo 2015

Afromodernidades

A propósito de la Denuncian gays sobre los acosos y redadas policiales en Varadero y Matanzas este comentario del poeta Julio Mitjan

Con asombro leo estas líneas que denuncian, lo sucesos, el modo de operar con que se conduce el cuerpo policial en matanzas y me digo: estamos en los duros años ochenta, todavía, cuando criminalizar lo diferente era la acción de purga más eficaz; muchos amigos míos de esa etapa sufrieron los rigores de semejante ideología, si digo así porque detrás de ellos está la ideología heterosexual, que de manera normativa hace prevalecer su paradigma de orientación sexual por sobre el del resto, y en lo personal el miedo, mucho miedo a la diferencia, recuerdo al director del preuniversitario donde terminé el grado doce capitán Roberto García, ese hombre se llama Alexis, ahora mismo no recuerdo su apellido, pero si van a santa clara muchos sí lo recordarán, fue triste su tránsito en la educación cubana, era el azote de todo lo que oliera a homosexual, a muchos dejó sin derecho a la universidad, que era para los revolucionarios y no para los homosexuales, ese capítulo de la vida nacional aún no ha sido analizado debidamente. ese hombre de accionar tan recto para con la norma, años después mientras era director del preuniversitario el yabú, complejos de escuelas en el campo, ubicado en el valle del mismo nombre, fue puesto en la cárcel luego de una acusación que develó otras acciones acometidas por él que consistían en abuso sexual, lo mismo con hembras que con varones, todos mientras eran menores de edad. esa una de las aristas de la ideología heterosexual la doble moral que no deja lugar para que los individuos se expresen con libertad, hace que esa plenitud del vivir quede manca en aras de una imagen que no es real, la mentira, el doble discurso, la demagogia de saberte verdugo de tu propio deseo, no tiene otra acepción que discriminación, injusticia social, porque ante tal estado cuántos prefieren mentir, sofocar, representar lo que no son, y me pregunto esto es plenitud, eso es ser mejor, eso es el hombre nuevo, el mentiroso.

Yo sé que hay travestis que se dedican a la prostitución, y que en cuba la prostitución es considerada una lacra social, pero me pregunto, qué acciones, estrategias, programas se han implementado para erradicar esta situación, cuál es el porciento de ascenso social entre los travesti, dónde está el trabajo más allá de la lucha por implementar un mejor panorama legal, acaso estamos atrapados en un callejón sin salida porque las acciones afirmativas en el marco legal deben ir acompañadas de un activismo social que les de raíces y permita visualizar para qué se hacen, o sea la toma de conciencia, y no hemos de hablado de la prostitución masculina heterosexual que por bien vista pasa inadvertida, casi sin cuestionamiento, por ello nunca entendí el acoso a las mujeres que se dedicaban al jineterismo otra marca de la ideología heterosexual, el machismo tal vez uno de los peores males de la república.

saludos julio mitjans

Afromodernidades

Cuando ser homosexual equivale a una ciudadanía pisoteada

(A propósito de la Denuncian gays sobre los acosos y redadas policiales en Varadero y Matanzas).

Por Alberto Abreu Arcia

En días pasados publiqué en este blog “Denuncian gays acosos y redadas policiales contra ellos en Varadero y Matanzas”, se trata de un reporte donde en aras de lograr la mayor objetividad, dar voz a los implicados en los hechos y respaldar su denuncia ante el CENESEX apenas emití juicio o mi análisis sobre los sucesos.

Innegablemente los acontecimientos que en dicho escrito denuncian los hablantes tienen repercusiones muy sensibles (identitarias, culturales, políticas, jurídicas) para el movimiento LGBT y la emergente sociedad civil cubana en general. La principal de ellas compete a la noción de ciudadanía. Desde luego, que no voy a enredarme aquí en un debate teórico sobre dicho concepto tan caro para los Estudios Culturales Latinoamericanos en su defensa de los derechos civiles y políticos de las comunidades o grupos socialmente diferentes, tanto a existir como a intervenir en la res publica y efectuar las transformaciones que ella necesita. Aspecto que considero sustantivo para la búsqueda de justicia social y el establecimiento de políticas públicas más inclusivas.

Lo que sí es evidente, a la luz de los eventos denunciados por los hablantes en mi texto, es el imperativo, cada vez más ineludible, de crear leyes que protejan nuestros derechos ciudadanos, particularmente los de aquellos grupos o sujetos históricamente subalternizados, frente a las arbitrariedades, abusos e impunidad con que, en el espacio público, actúan ciertos agentes sociales o del orden público. ¿Qué hacer ante este desamparo legal, ante este proceder que no sólo avasalla la identidad homosexual, sino que también la criminaliza? Para algunos de ellos -nótese que rehúyo de toda absolutización- la percepción del cuerpo del otro (racial o sexual), en cuanto a sujeto de derecho con garantías y prerrogativas, transita del desperdicio a la indiferencia: es algo que puede ser pisoteado, sin mayores consecuencias o bajo el “pretexto” de que se trata de lacras sociales o individuos cuyos comportamientos y deseos están necesitados de corrección. En mi artículo anterior hay suficientes ejemplos de esta patologización del cuerpo homosexual masculino, por parte de la policía.

No es necesario ser un gay de capilla o rumiar la quimera de que vivimos una realidad de colores radiantes, sin claroscuros ni prolongados silencios para tener conocimiento de tales actos de denigración, y lo que más indigna: su impunidad. Si como señala Ernesto Laclau: el poder es fuente de lo social y al mismo tiempo la condición de su inteligibilidad, ya que la primera de estas instancias (el poder) está localizada dentro de lo social y opera a través de sus estructuras. Convendrán conmigo en que los hechos denunciados apuntan hacia un doloroso vacío: la carencia de instrumentos legales efectivos que permitan contrarrestar tales abusos. Este, es el principal reto que tiene por delante la emergente sociedad civil cubana cuando decida, de una vez y por todas, comenzar a pensarse no desde los aristocráticos recintos académicos-institucionales, sino desde la calle, es decir: desde esos bordes temidos donde pululan las locas chillonas, iletradas, pobres, mal vestidas, frívolas, liosas, embobecidas en el simulacro de la feminidad, continuamente difuminando las fronteras entre lo privado y lo público, trastocando la gramatical verbal del uso del género. Esas miserables criaturas que solo viven para espabilar la sierpe adormecida del macho. Créanme que escribo esta enumeración desde una alegría casi carnavalesca y el orgullo, nunca desde la lástima. Porque la lástima deshumaniza y victimiza el discurso cuando hablar de mariconería deviene en una cuestión no solo de ciudadanía, sino también de principios.

Me pregunto si habrá que esperar por la consolidación de la incipiente sociedad civil cubana para que estos hechos no sigan ocurriendo o si, por el contrario, el acto de ir buscando -de manera creativa- instrumentos y mecanismos que, en cada caso, permitan la reparación moral y jurídica de los afectados por tales arbitrariedades no es también un camino que lleva a la construcción y fortalecimiento de la misma.

En la memoria del movimiento homosexual cubano sobran nombres y ejemplos de las víctimas que tales atropellos cobraron en las décadas del sesenta, setenta, ochenta, incluso del noventa. Estos hechos produjeron una herida sensible en la nación de la cual aún no nos hemos recuperado. Muchos son héroes o episodios anónimos, evocados sólo en las reuniones de familia o en el recuento melancólico y estremecedor que, al pasar de los años, hacen los amigos (maricones que resistieron al suicidio, al éxodo, a la prisión, la marginación social). A ellos también le debemos muchas de las “bondades” de este presente, y de ellos aprendimos que ser homosexual lleva aparejado entrar a un campo de batalla y resistencia que se libra en la calle contra fuerzas hostiles. Sin embargo, sus Verdugos corrieron mejor suerte: nadie los menciona o cuando lo hacen pierden el rostro, el nombre y terminan volviéndose una entidad tan abstracta y difícil de aprehender, encerrada en expresiones como ésta: “era el momento”, o se apela a estrategias de silencio y desmemoria como: “Tienes que saber perdonar. Olvida, porque el rencor no ayuda”. Como si el perdón o el resentimiento muchas veces no fueran argucias o frutos de construcciones retóricas: “Puedo hacerte daño -dice el Verdugo- total si al final estás obligado a perdonarme”. Tan grande y lleno de soberbia es el fardo en el que cargamos las arbitrariedades que se derivan de nuestro desamparo ciudadano, que la disculpa pública ha sido desplazada por el borrón y cuenta nueva.

El hecho de que en la actualidad se permita la discusión pública sobre tales problemáticas, que lo gay, lo trans, lo bi y lo lésbico se hayan vuelto tópicos tan recurrentes en la producción artística y literaria del campo cultural cubano en este nuevo milenio, de los espacios de visibilidad ganados por el CENESEX y el activismo en este sentido, no quiere decir que estos hechos hayan desaparecidos. Me divierte -por iluso e incauto- que alguien sea capaz de pensar que prejuicios sedimentados por siglos en el imaginario popular, las estructuras jurídicas, político-sociales, y los circuitos productores y reproductores del saber desaparezcan en Cuba, por arte de magia, de la noche a la mañana. El desafío está en localizar y desmontar los escenarios en que estas prácticas de acosos y abusos homofóbicos se reproducen, ver cómo las mismas se han desplazado u obligado a camuflajearse ante este nuevo entorno, hurgar en los pliegues y fisuras que las mismas establecen al interior o en los intersticios del discurso oficial cubano contra la homofobia.

En una ocasión escuché a Rufo Caballero llamar públicamente la atención al respecto. Fue a finales de septiembre del 2008, estábamos reunidos en el Palacio del Segundo Cabo durante la presentación del libro de Abel Sierra: Del otro lado del espejo. La sexualidad en la construcción de la nación cubana y de otros dos volúmenes ganadores del Premio Casa de las Américas. Rufo denunció el hecho con un arrojo típico de quien se duele y sangra por su propia herida. Increpó: “¿Hasta cuándo hay que permitir que Mariela Castro se pare en una tribuna a dar un discurso contra la homofobia y esa misma noche u horas después la policía realice redadas contra los gays?” De esta formaba alertaba sobre el des-encuentro entre dos horizontes de la lucha actual contra la homofobia en Cuba: el primero corresponde al discurso oficial y a los circuitos académicos-institucionales cubanos, el otro horizonte es la calle: los mundos de la vida nocturna gays con sus escenarios de inconmensurable vulnerabilidad, donde las bondades o conquistas enarboladas por ese discurso son confrontadas e interpeladas. Pensar que no nos importa lo que pase allí en esos muladares o espacios de pasarela y mucho menos con estos sujetos es un gesto no sólo elitista, sino inhumano y de xenofobia tan despreciable como la exclusión que públicamente y desde los espacios oficiales tratamos de combatir. Es reproducir los dispositivos discriminación de los cuales históricamente hemos sido víctimas, ser prisionero de lo que iluminadoramente Nelly Richard define como “la estratificación de los márgenes”, que en muchos casos lleva a nuestros intelectuales gays u otros que ostentan cierto reconocimiento social o solvencia económica a examinar estos comportamientos desde el prisma de la hegemonía patriarcal y heterosexista, para quien el culpable siempre es el maricón: “quién lo manda a estar allí”, “algo hizo para que lo trataran así”, o “seguro que no está diciendo toda la verdad”. De esta soterrada angustia o mea culpa por ser homosexual no escapan otros homosexuales. Cuando al ser víctimas de algún atropello, o de la violencia física o verbal, exclaman: “no voy a denunciar el hecho, total para qué, si el maricón siempre tiene la de perder”. Aunque en el caso de la denuncia que nos ocupa, ésta última apreciación no deja de haber cierta dosis de verdad. Ellos, en varias ocasiones, denunciaron el caso: primero ante los organismos pertinentes de la PNR en Varadero y Matanzas. Posteriormente, no satisfechos con todo aquel procedimiento kafkiano, lo hicieron ante el CENESEX donde le dijeron que aguardaran por su respuesta y, así le han repetido cada vez que llaman, aunque ha transcurrido un mes de su queja.

“Ayúdanos con eso”, me han dicho. Por primera vez me di cuenta de la responsabilidad y los límites del activismo: constreñido sólo al acto de la denuncia, al texto como una tribuna donde ellos pueden reclamar su derecho de protección estatal, de ser tenido en cuenta como sujetos de ley. Me pregunto de qué sirve el acto de denunciar cuando lo que está en juego no es el destino de personajes de ficción, sino de seres humanos. “[…] siento que hacemos muy poco, en realidad”, me escribió, a propósito de mi reporte, una activista de marcada influencia en el actual escenario cubano de lucha contra la homofobia. Y en otro correo, un destacado intelectual cubano me decía: “No sé, después de quejarse en el CENESEX, qué han hecho los implicados. En todo caso, ¡ojalá no se detengan allí!”. Ambos colegas, de un modo u otro, consciente o inconscientemente, están aludiendo a los límites y al nódulo del activismo cubano contra la homofobia y la discriminación racial, entrampado en la denuncia, pero ¿cómo transitar más allá, sin mecanismos legales que actúen como contraparte de lo institucional o lo estatal, sin la existencia de una ley que proteja nuestros derechos ciudadanos? ¿Cuántas víctimas más habrá que pagar por tan espera?

Mientras batallamos para que, de una vez y por todas, se cree dicha ley, seguiré exigiendo junto con los denunciantes porque se investiguen estos hechos y se hagan las reparaciones merecidas, y lo haré claro y en voz alta. Después de todo, como maricón no tengo nada que perder y sí muchos espacios por ganar.

Denuncian gays acosos y/o redadas policiales contra ellos en Varadero y Matanzas

Denuncian gays acosos y/o redadas policiales contra ellos en Varadero y Matanzas.

Por Alberto Abreu Arcia

“No puedo entrar a Varadero sin que la policía me pida el carnet de identidad, me tire por la planta, y aunque la comprobación de negativa, me montan en la patrulla y me detengan durante horas”. Me dice Alberto González Alfonso quien trabaja como auxiliar de enfermería en el policlínico José Antonio Echevarría, de Cárdenas. Él y otros gays que residen en Cárdenas, Varadero y Matanzas recientemente han presentado una queja en el CENESEX por los continuos atropellos y arbitrariedades que continuamente sufren por parte de la policía debido a su condición homosexual. Asegura que no es el único: “muchos amigos gays han vivido experiencias similares”. Por eso, después de agotar todas las gestiones con Atención a la Ciudadanía y la P.N.R. de Varadero, Santa Martha y Matanzas han decidido denunciar el caso ante el CENESEX. “Queríamos ir un grupo al CENESEX, pero después nos pareció que no se vería bien, y decidimos pedir una cita por teléfono y que dos de nosotros (Enrique Serrano y yo) hablaran a nombre de todos”. Alberto tiene miedo que todo esto lo afecte como trabajador. Tampoco puede entrar a Varadero como antes a visitar a sus amigos, ver a su peluquero, sin correr el riesgo de que la policía se lo lleve preso por peligrosidad.

Afirma que la primera vez que lo detuvieron, estaba conversando con dos amigos (Ray y Esteban) precisamente frente a la estación de la P.N.R. de Varadero. El primero de ellos, vive cerca y tiene una peluquería particular y Esteban trabaja como cantante en Matanzas. Les pidieron carnet de identidad, Ray no lo llevaba encima. Según Alberto los detuvieron desde las once de la noche hasta la cinco de la madrugada. Al soltarlo le pidieron que firmaran una Carta de Advertencia donde se los acusaban de “proclive asedio al turismo”, ellos se negaron.

En otra ocasión, a eso de las 11 de la noche un patrullero le pidió el carnet de identidad, aunque al verificarlo por la planta da negativo. Lo llevó detenido por “estar en Varadero de manera ilegal”, es decir: por estar visita o paseando sin ser habitante o trabajador de ese balneario. Lo encierran en una celda oscura, donde el único asiento que encontró fue una cama con un bastidor de alambre. Posteriormente lo trasladaron de la estación de la P.N.R. de Santa Marta. Antes de soltarlo, la Carpetera le hizo una serie de advertencias: no puedes relacionarte con turistas, ni con elementos antisociales, ni vender nada dentro de Varadero. Al indagar las razones por la que fue detenido y de aquella Acta de Advertencia, le respondió que sólo era un trabajo de profilaxis y que eso se hacía con todo el que entraba al calabozo.

En otra ocasión Alberto se encontraba conversando en el parque de las 80000 Taquillas con dos amigos gays (Armando, quien es pequeño agricultor y Alex profesor de una de las escuelas primarias del municipio), cuando un policía les pide el carnet de identidad, los verifica por planta, y da negativo, aun así los detiene. Los encierra a los tres en el mismo calabozo, a la media hora los saca uno a uno, y le piden que firmen un Acta donde se acusa a Alex de llamar a un turista, a él por proclive asedio al turista, y Armando por relacionarse con el turismo. Los trasladaron a la PNR de Santa Martha y a eso de las tres y media de la madruga los comienzan a soltar.

A los pocos días, Alberto se entrevista con el Mayor encargado de Atención a la Ciudadanía en Santa Marta, quien le dice que es lamentable que esos ellos ocurran, le promete que se va a reunir con los patrulleros, y que eso no va a pasar más. Pero horas después, el hecho se repite. El mismo policía (cuya placa es 02477, en el carro de patrulla 237) lo detuvo. Y lo monta en el carro patrullero en compañía de dos travesti. Posteriormente, al entrevistarse con el oficial que atiende Lacras Sociales y decirle que su un caso no era más que un acto de homofobia, este lo amenazó diciéndole que cuando el volviera a estar ahí, le iba aplicar el Peligro.

Esa misma madrugada, al salir de la estación de la P.N.R, él y otro gay se dirigieron a la ciudad de Matanzas para presentar la queja. El oficial que los atendió les dijo que debían dirigirse directamente a Osmany, el Jefe de la policía de Varadero. Osmany les dijo que había unos gays de Matanzas que están robando y cada vez que esto pasa recogían a todos los homosexuales.

Alberto me ofreció números de teléfonos, direcciones, fotos y algunos documentos donde pude verificar no sólo el testimonio que me ofreció, sino otros detalles y casos similares que harían interminable esta exposición. Como a Lulú, un travesti al cual la policía lo detuvo alegando que les estaba prohibido a los travesti circular por Varadero después de las ocho de la noche. También entrevisté a Maikel quien es Licenciado en Cultura Física, y añadió otros elementos a la declaración de Alberto, como las continuas burlas de los policías cuando detienen a los gays, aunque dice que en su caso, debido a su doble condición de negro y homosexual, siente más fuerte estos acosos policiales. Me narró la ocasión en que él y Alberto se encontraban tomando, y la policía no sólo les confiscó la botella, sino que además se los llevó esposados y le hizo una prueba de alcoholismo, sin motivo alguno.

Pero ninguna de hechos despierta más indignación como la redada policial contra los gays ocurrida en el Viaducto de Matanzas, un lugar cercano a Las Ruinas (un cabaret donde los fines de semana funciona una especie de disco gay). Se trata de un parque donde acostumbran reunirse no sólo los homosexuales masculinos, sino también quienes intentan viajar hacia La Habana o los que se dirigen a otros sitios de la ciudad, así como hacia Varadero y Cárdenas. Pues es un lugar donde se puede alquilar máquina, tomar una guagua para estos destinos. El testimonio sobre este suceso me lo ofreció Enrique Serrano, quien labora como dependiente en el hotel Laguna Azul, en Varadero, y me fue corroborado por otros gays. Enrique no recuerda la fecha exacta en que ocurrió esta redada, aunque por el comprobante de la multa que le fue impuesta se puede colegir que fue el 22 de enero pasado. Cuenta a eso de las doce de la noche él y un grupo de amigos estaban en la parada esperando un transporte para regresar a Cárdenas, cuando dos policías le piden el carnet de identidad, y luego los montaron, junto con otros gays, en uno de los dos camiones que esperaban encima del puente, donde había dos perros, uno a cada lado de los asientos laterales del camión. Los trasladaron a la unidad de la P.N.R que radica en Playa y los encerraron en un calabozo de aproximadamente 4X3 metros. En el que le tocó a había 25 personas, aproximadamente 20 de ellas eran gays. Allí permanecieron encerrados hasta las 10 de la mañana, hora en que los subieron a todos a un salón para una reunión con el Jefe de la P.N.R. de Playa, quien se dirigió a los gays acusándolos de que se pasaban la madrugada merodeando por el Viaducto, donde se prostituían y hacían no se sabe unas cuantas barbaridades. A todos les impusieron una Carta de Advertencia por ser proclive a diversos delitos como: prostitución, robo con violencia, reunirse con elementos antisociales, etc. Los ficharon y en su caso como en el de otros amigos suyos que estaban de visita en Matanzas le pusieron 30 pesos de multa por estar ilegal en esa ciudad y por negarse a firmar la carta o Acta de Advertencia.

Hasta aquí mi relato sucinto de estas prácticas humillantes, de criminalización de la identidad homosexual, de coerción y represión de su ciudadanía y sus diferentes modos de expresarse dentro del espacio público en la provincia de Matanzas que estos gays, al igual que este bloguero considera urgente denunciar.