Elogio del apalencamiento. Notas sobre la invisibilización de los activistas e intelectuales negros cubanos.

Por Odette Casamayor-Cisneros

En memoria de los investigadores negros Alberto Pedro Díaz, Inés María “Lalita” Martiatu y Leyda Oquendo, mis viejos tutores habaneros a quienes tan poco dejaron hablar.

Entre los “expertos” de la cuestión cubana –por llamarles de algún modo- está de moda opinar sobre los problemas raciales en la isla.

En cada conferencia, panel, congreso y número especial, incluyen los organizadores al menos un párrafo dedicado a los negros de Cuba. Se reconoce la persistencia de las desigualdades, se reafirma que algo debe hacerse al respecto, se culpa al gobierno insular o al exilio en Miami. Al final de cada ponencia, los vítores de rigor son derramados y se abre paso al desfile de canapés y copas de vino y champagne.

Quien pueda y desee observar bien la escena, notará que, además de los camareros, habrá pocos o ningún negro cubano.

No me canso de repetirlo, en las mesas donde se discute el presente y el futuro de Cuba se habla de los negros de la isla pero no se les escucha expresarse directamente. Salvo algunas notables excepciones, restringidas por lo general al medio académico y que rara vez alcanzan la arena política y cívica –a modo de ejemplo y sin pretender la exhaustividad recordemos eventos organizados por los profesores Alejandro de La Fuente, William Luis o Juanamaría Cordonés Cook- a los negros de la isla no se les invita a hablar de sus propios problemas. ¿Serán mudos? ¿Iletrados? O, ¿se tratará acaso de negros invisibles?

Aunque no parecen serlo tanto, porque los nombres de activistas e intelectuales negros aparecen citados en uno que otro de los párrafos cuidadosamente redactados por los “expertos”, o surgen en sus notas al pie de página, donde apenas se les distingue bien. Figuran tan sólo para dar un toque de autenticidad a las ideas presentadas por los doctos especialistas. No para exponer sus propias ideas.

Activistas e intelectuales negros como Alberto Abreu, Norberto Mesa Carbonell, Esteban Morales, Zuleika Romay, Daysi Rubiera Castillo, Tato Quiñones, Roberto Zurbano, o los miembros de la Red Barrial Afrodescendiente –por sólo citar algunos- sí existen, se les conoce bien, y nuestros “expertos” incluso se las ingenian para llegar hasta ellos, como topos moviéndose a través de túneles. Diríase que les basta con acercárseles, visitándolos –en el mejor de los casos- en sus modestas casas cubanas; que es suficiente con hacerles un par de preguntas, permitiendo que el corazón se les encoja un poco al comprobar las paupérrimas condiciones en que viven muchos de estos intelectuales y activistas, para después, bien pertrechados con sus notas, regresar a la penumbra de un cómodo estudio a escribir rotundas páginas sobre un fenómeno que sólo han rozado… en los últimos años.

Yo sólo me pregunto: ¿quién puede exponer mejor sus propias experiencias y defender sus intereses que aquellos que las viven a diario, como las vivieron sus padres, abuelos, sus ancestros esclavizados? La experiencia negra no se lleva en la sangre, por supuesto. Pero sí en la existencia cotidiana, que se siente en la carne, durante años, heredada de siglo en siglo.

Tan absortos en la presunta originalidad de sus teorías, nuestros “expertos” no parecen ni siquiera haberse detenido a considerar esta circunstancia. Para ellos tal vez sería éste un mínimo detalle, y siguen así parloteando con gravedad, arrogancia incluso.

Este procedimiento me hace rescatar del recuerdo algunas conversaciones con el prestigioso intelectual cubano negro, vecino de una de una barriada popular en La Habana, Víctor Fowler. Aunque sería mejor que fuera el propio Fowler quien lo contase, traigo aquí, entretanto, mis memorias de algunas de nuestras discusiones, donde con su característico hablar pausado me relatara como algunos informantes de Lydia Cabrera, negros pobres, ofrecían a la investigadora cualquier historia –verídica o no- con tal de recibir un plato de comida. Ávida, la escritora y etnóloga copiaba entonces en sus cuadernos todo lo que le decían. Y ahí están ahora sus libros, parte de un conocimiento que hoy consumimos como “la verdad”, sin que necesariamente lo sea, o al menos no en su totalidad.

Pero no deseo que nuestros hijos sólo reciban la semiverdad proclamada por los especialistas sobre la Cuba de hoy.

Creo que los negros cubanos, particularmente quienes viven en la isla, han de elevar su propia voz. Tan fuerte y tan alto que consiga al menos mitigar la verborrea de los “expertos”. Porque, en definitiva, no hay mejores especialistas sobre su experiencia que ellos mismos.

Muchos sentimos una gran fatiga ante la exasperante cacofonía, esa inútil repetición de voces y ciclos, ya secular: de Domingo del Monte hasta el presente, historia repetida. Son siempre los mismos estos especialistas sobre nosotros, los negros cubanos.

Sin embargo, hemos de comprender que no hay que poseer un doctorado ni ser recibido en los salones de Washington para expresar auténticamente la experiencia propia.

Es esto lo que intentaba explicarle a alguien que hace unos días solicitó mis opiniones en torno a posibles políticas para el tratamiento de la problemática racial en Cuba: Mi experiencia como negra cubana es atípica, desde hace muchos años no vivo en la isla y soy parte de esta academia mayoritariamente blanca y masculina. Yo no me atrevería a disertar, con ese aplomo que esgrimen algunos de mis colegas, sobre una experiencia que no es completamente mía. Pero ellos están ahí. Inviten a los negros cubanos de la isla, a quienes experimentan esa situación cotidianamente, lidian con ella e intentan solucionarla, con recursos mínimos. Permítanles hablar en público y no sólo entre las comillas de una cita, cédanles el podio, cállense por unos minutos. A esos negros de Cuba sólo tienen que dejarlos llegar. ¿Se han detenido a pensar que con el presupuesto gastado en el piscolabis de sus congresos pudieran los activistas negros resolver algunos problemas más acuciantes?

Si de veras les preocupa tanto el problema racial en la isla, lo primero que deberían hacer nuestros “expertos” es reconocer la pervivencia del privilegio blanco en las élites políticas e intelectuales; es decir, entre ellos mismos. Mírense en el espejo, observen la composición de sus paneles y simposios, apliquen los métodos estadísticos sobre el cuerpo académico y político: ¿quiénes producen el conocimiento?

Y nosotros, los negros de Cuba, dentro y fuera de la isla, ¿qué hemos de hacer?
Apalencamiento, que es cimarronaje unido. Eso que nos ha mantenido hasta ahora y ha de mantenernos: ¡amplifiquemos el grito!

En Connecticut, 25 de Mayo del 2016.

Tomado de negracubanateniaqueser.com

Título de la foto: La cruz del sur.

Idea y actuante: Nilo Julián González.

Fotografía: Adolfo Cabrera.

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