La censura de Carlos Acosta o los rostros ocultos tras el emblema de nación mestiza.

Alberto Abreu Arcia

La suspensión el pasado 11 de junio de la presentación de Sin mirar atrás, autobiografía del bailarín y coreógrafo Carlos Acosta, recién publicada por el sello Editorial Arte y Literatura, generó conmoción en las redes sociales. Al momento diferentes publicaciones como Diario de Cuba, Cubanet, varios blogs y muros de Facebook se hacían eco de la noticia; al tiempo que especulaban sobre las razones de tan arbitraria decisión. Y no era para menos, no solo se trataba de un despótico acto de censura cometido contra una gloria del ballet internacional, sino que, además, los motivos de la suspensión estaban relacionados con la denuncia del racismo antinegro (tema candente dentro de la sociedad cubana contemporánea), y como si esto no bastara la decisión involucraba a una de las figuras e instituciones culturales más legendarias de la cultura cubana postrevolucionaria: la Primera Alicia Alonso y el Ballet Nacional de Cuba.

El investigador afrocubano Maykel Paneque, en su escrito “Acosta en el mundo de Alicia” publicado por Havana Times señalaba: “Otra vez el silencio oficial ha ejercido su dominio. A su vez, el rumor y las voces ya no tan anónimas, circulan para ofrecer una versión que contrarreste el relato estatal o, en este caso, su silencio incómodo”. Y más adelante se pregunta: “¿Qué quiere silenciarse? ¿La impotencia y la arrogancia del poder ante el triunfo de un bailarín negro con tan solo 17 años, quien además no se había graduado aún en la Escuela Nacional de Ballet? Los obstáculos que Acosta tuvo que superar, y la indiferencia, el mayor de ellos, ¿eso se pretende ocultar?”

El activismo antirracista cubano, tan beligerante cuando se trata de denunciar los atropellos y prácticas racistas en el espacio público optó por el silencio. Ni una sola llamada indagatoria a funcionarios del Ministro de Cultura o la UNEAC, de quienes insistentemente suelen hacerlo cuando se trata de consultar cualquier problemática relacionada con ARAAC, ningún pronunciamiento de la Comisión Aponte. (Nuestra negrada estaba bajo control).

La inclusión del texto de Jorge Ángel Pérez “El libro de Carlos Acosta ya no se presentará este sábado en La Habana” en el boletín digital Desde La Ceiba, fue la única respuesta a un acto de prepotencia que, como ningún otro, lacera la conciencia nacional, pues en el plano de la praxis opera como una falla, un contrasentido sobre los metarrelatos identitarios de una nación mulata, mestiza, de puro y espeso ajiaco que el discurso oficial revolucionario y las narrativas maestras de la nacionalidad en la Isla históricamente han presentado como emblema de la cubanidad, de una nación verdaderamente inclusiva, forjada en la manigua con sangre de blancos y negros e imaginada con todos y para el bien de todos.

Las razones que explican semejante inmovilidad de los líderes y activistas contra la discriminación racial en Cuba, frente el simbólico avasallamiento que se estaba cometiendo contra la población afrocubana (su tradición de lucha, su memoria) codificada en la suspensión de la presentación oficial de la autobiografía del joven y célebre bailarín, son varias y escapan a los límites de este escrito, pero de una manera u otra reflejan el cansancio, el juego de posiciones, complicidades con el poder y la carencia de una articulación y plataforma común que se agitan al interior del movimiento antirracista cubano y su compleja heterogeneidad. El mensaje que se pretendía trasmitir fue claro, sin alegoría ni metáforas: no admitimos desafíos ni hay por qué pasarse de la raya. El campo cultural cubano es de hegemonía blanca, por lo que a los intentos del sujeto negro (sea quien sea y venga de donde venga) de ser audible su voz y patentizar su ciudadanía solo le corresponde el espacio de la abyección.

Por otra parte, los datos que a raíz de este debate hemos conocido sobre los escarceos y la tortuosa travesía de Sin mirar atrás por varias editoriales nacionales, arrojan un grupo de dudas sobre la verdadera autenticidad de las agencias y agendas antirracistas de instituciones como la UNEAC y el Ministerio de Cultura, al fijar -con esta decisión- los niveles no permisible en el debate antirracista cubano. Semejante percepción sobre esta pérdida de credibilidad parece ser corroborada por el hecho de que hasta el momento no se ha emitido ninguna explicación o pronunciamiento oficial al respecto. (No la merecemos, la vanidad del poder no puede descender a tanto).

Por otro lado, estamos tan encarcelados en las tupidas redes que entretejen estas relaciones entre dominio y subalternidad, que no debe causar asombro el hecho deque cuando alguien alza la voz interpelando a las instancias de poder por los derechos maltratados de un ciudadano o grupo social históricamente desclasado, sean precisamente estos últimos (los subalternos) quienes se pongan al favor del poder y en contra del interpelador.

Lo anterior es comprensible, en una conciencia históricamente formada en los territorios residuales de la resistencia, la desconfianza, la rebelión o en los del avasallamiento, la fidelidad al amo, la mansedumbre. A esas regiones donde el alma, el ser o el inconsciente se enfrenta a complejos dilemas en relación con el poder, el sentido de identidad y pertenencia: rechazo y atracción, odio y amor, ser para sí o al mismo tiempo terminar siendo el otro, negociar o resistir. Un juego de différance -como diría Stuart Hall- donde siempre hay un demasiado o un muy poco, una determinación exagerada o una carencia; pero nunca lo justo: la totalidad, pues se trata de una identidad cuyo status subalterno, ha sido construido no desde el discurso, sino producida en sitios históricos e institucionales muy específicos. Uno de ellos es la cultura, su lógica y dinámica hegemónica y excluyente. De ahí, la gravedad que le concedo al problema que nos ocupa.

En este punto, también nos sitúa frente a una de las grandes paradojas de la lucha contra el racismo antinegro en la Cuba postrevolucionaria. De un lado, las reiteradas muestras de pertenencia al proyecto revolucionario que, como carta de presentación, se nos exige a muchos líderes y activistas; unido a la vieja retórica nacida en la colonia, sobre la necesidad de que el negro, a la hora de hacer valer sus derechos ciudadanos o reclamar sus demandas emancipatorias, obre con moderación y si es necesario las aplace, porque se trata de un asunto muy sensible que puede destruir la unidad de la nación cubana. Pero, ¿qué ocurre con esa voluntad de preservar la unidad nacional cuando esta problemática se genera de manera inversa como en el caso de la censura del libro de Carlos Acosta?

Lo que nos coloca cara a cara con el papel mediador (manipulador) que en muchas ocasiones tiene lo “político” y su retórica en la supervivencia de un imaginario cultural blanquista, hegemónico y excluyente.

Uno de los textos más lúcidos e incitadores sobre este suceso fue “El libro de Carlos Acosta ya no se presentará este sábado en La Habana” de Jorge Ángel Pérez, pero como siempre ocurre con las polémicas del mundillo intelectual cubano, el ego puede más que la razón y terminamos cautivos de nuestra sombra, batallando con nuestras propias quimeras: los árboles nos impiden ver el bosque.

El escrito de Jorge Ángel -construido desde una textualidad aparentemente serena algo inusual para su estilo tan cercano al realitty show– concluye con esta paradoja tan angustiosa como escalofriante: “Es increíble que Isabel II, Reina de Inglaterra y mayor representante de una monarquía que en otros tiempos propiciara la trata de negros, convierta al bailarín negro, y cubano, en Comandante del Imperio Británico, mientras la gerontocracia de esta isla que vio nacer al gran artista, impida que se presente un libro que él mismo escribiera”.

“El libro de Carlos Acosta ya no se presentará este sábado en La Habana”, es un texto breve, eminentemente informativo, pero de un observador suspicaz que se configura como sujeto de enunciación desde otro espacio igualmente execrable: la homosexualidad. Su descripción de la problemática tiene el mérito de llamar la atención sobre tres aspectos que considero de reflexión ineludible. El primero de ellos, la censura de una obra literaria como un acto que denigra a todo el campo intelectual cubano. En segundo lugar, apunta con el índice hacia uno de los enclaves reproductores del racismo antinegro en la cultura cubana, -eso que el pensamiento antirracista cubano eufemísticamente ha nombrado “racismo estructural o institucional” como si se tratara una realidad en abstracto, un sujeto o un actor social sin nombre ni rostro, sin complicidades y alianzas políticas-, y describe la manera en que su colonial lógica segregacionista (de una monumentalidad no solo arquitectónica, sino también histórica) no ha muerto, sino que se eterniza; ahora, en complicidad con las altas esfera de la cultura y el poder en Cuba. Oigámoslo: “Sin dudas, acatar la solicitud de Alicia es una muestra de racismo, como muchos de aquellos ejemplos de segregación que salieron de los palacios que circundan a esa plaza; el de los Capitanes generales y el del Segundo Cabo”.

Y en tercer lugar: nos pone a reflexionar sobre las exiguas posibilidades que, dentro de este complejo entramado de poder racista y excluyente, tiene un funcionario o ejecutivo negro/a para vetar cualquier práctica racista y hacer valer los derechos de la comunidad social que representa. (En este punto, todos estamos convencido que para Zuleica Romay como presidente del ICL y desde su condición de mujer y negra no ha sido fácil lidiar con ésta élite que, con la prohibición de la presentación de Sin mirar atrás, acaba de revelarnos su petulancia más aterradora).

Jorge Ángel Pérez nos hace mirar hacia estos tres aspectos, que a mi juicio estimo cardinales para la lucha del movimiento antirracista cubano, pues trascienden lo que pueda opinar el propio Carlos Acosta sobre este lamentable suceso y quien tiene o no autoridad moral o política para a hablar a favor de quienes dentro de Cuba padecemos el racismo antinegro. (La solidaridad, me recordaba hace poco un amigo, es un gesto que simplemente se ofrece, no se condiciona). Lo que intento poner de manifiesto es que esta batalla no solo es contra la exclusión racial, sino contra toda discriminación, en la que es necesario forjar alianzas, sumar nuevos actores sociales.

Agradezco a Jorge Angel la valentía de hablar cuando yo callé. En su texto el acto de censura de Sin mirar atrás pone en evidencia los límite, grietas, tensiones y dobleces por la que atraviesa el discurso oficial antirracista cubano, y lo hace desde el dolor de quien sangra por su propia herida, (no olvidemos que él, desde su inocultable homosexualidad, ha sido y es otro excluido del imaginario de la blanquitud). Su discurso se enuncia desde ese espacio otro de abyección y marginalidad.

Finalmente, con relación al último texto de Jorge Ángel Pérez, no voy a caer en la trampa de ponerme a dilucidar quién hirió primero el amor propio y la altanería del otro (recuerdo que en el medio artístico e intelectual la soberbia es un sentimiento incoloro, nada tiene que ver con el color de la piel pues nos invade a todos por igual); sería un acto incauto, una imprudencia imperdonable cuando la gravedad del asunto (la censura de Sin mirar atrás) nos convoca a un debate y reflexión sobre temas mayores. Tampoco voy a fingir mirar tranquilo al horizonte con la pasividad propia de quien intenta descifrar el futuro en el vuelo de las aves mientras el mar gris ruge intranquilo a sus espaldas junto con un viento, que en forma de remolino, eleva al cielo tanta basura.

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