La (re)escritura de Alberto Abreu (Presentación realizada el 5 de junio de 2017, en la 39 edición del evento Regino E. Boti, en Guantánamo, luego de una conferencia de Alberto Abreu Arcia

sobre las Ediciones El Puente).

Mireya Piñeiro Ortigosa (Guantánamo)

El año en que Los juegos de la Escritura o la (re)escritura de la Historia, de Alberto Abreu Arcia, obtuvo el Premio Casa de las Américas 2007 en el género de ensayo artístico-literario, comenzó muy movidito para la ciudad letrada habanera, sacudida por una especie de furibundo estupor al que muy pronto se sumaron voces solidarias, e igualmente indignadas, procedentes de las restantes ciudadelas provincianas.

No sé si muchos recordarán el hecho… no sé si muchos llegaron a enterarse de lo que pasó; pero el caso fue que a aquella especie de correveidile de nuevo tipo, alguien, con enjundiosa agudeza (como suele ocurrir en situaciones semejantes) le puso el nombre de “la guerra de los emails”. Si le hubieran puesto la escaramuza hubiera quedado igual… pero indudablemente que guerra tiene más toque.

Todo comenzó con la comprensible y justificada indignación que sufrieron algunos “parametrados” de ayer frente a la pantalla de la televisión cubana, en su canal principal, y la sorpresa de una entrevista y otra más… al parecer con tratamiento de divos o algo semejante (reconozco que veo poca televisión y me perdí esos programas) a ciertos personajes que ya todos imaginaban y creían sepultados en el olvido… y no en un olvido cualquiera, sino en un ominoso olvido.

Los emails cruzados entre algunos amigos, víctimas directas del poder… o el señorío… que ostentaron en un momento aciago aquellos personajes revividos por obra y desgracia de la televisión en sus horarios “estelares”, llevó a que se creara un fenómeno que ahora se denomina “viral”… Con menos estructura que la de hoy para que se “viralizara” una información (lo cual es mucho decir), aquello sucedió… tal vez como una prueba más de que “lo real maravilloso” no es un cuento entre nosotros. Se armaban paquetes de emails cruzados o solitarios como lobos de la estepa, que se recibían y se reenviaban y se consumían y se reclamaban en un diciembre de 2006 y el enero que le sobrevino, francamente entretenidísimo… al menos para mí.

Sin desdorar de toda la emotividad y el suspense que me proporcionó aquel cruce de indignaciones, tengo que reconocer un hecho: quedé sorprendida ante lo poco informados que se mostraban algunos de los que fueron incorporándose a “la batalla”… vaya… como si, ni siquiera, leyeran La Gaceta y los numerosos dosiers que ya desde la última década del siglo pasado venían recordando nombres maltratados y, de cierta manera, haciendo justicia al romper la armazón de silencio que, por demás, habían tenido que padecer y arrastrar algunos de nuestros escritores, artistas e intelectuales(los que no habían pasado a mejor vida, porque para aquellos: o no hay reparación posible, o ya todo está reparado… vaya usted a saber).

Incluso se venían publicando algunas recopilaciones de textos iluminadores, como las Polémicas culturales de los 60, con selección y prólogo de Graziella Pogolotti (Ed. Letras Cubanas, 2006); se publicaron las entrevistas que le hiciera Jaime Sarusky a integrantes de un proyecto tan “favorecido” como lo fue el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC, pero que la revista Bohemia rechazó publicar en 1971 (Una leyenda de la música cubana, Ed. Letras Cubanas, 2006)… en fin: que algo se sabía, que no era para quedar tan consternados ni mostrarnos tan maniqueos y linchadores de aquellas dos tristes figuras que no hicieron otra cosa que cumplir lo que se definió como política oficial en el Primer Congreso de Educación y Cultura de 1971.

Pero, repito: en aquella batalla ciberespacial si algo también me quedó claro fue que una parte de nuestra ciudad letrada nacional no es muy aficionada a la lectura… aunque parece que sí lo es a sus conglomerados festivos y comercializadores, porque aquel tráfico participativo de las redes cesó, como por ensalmo, una vez que comenzara a lo largo y ancho de la isla el ciclo de Ferias del Libro correspondientes al año en cuestión. A través de algunas conferencias organizadas al respecto se analizaron, por bloques de intereses, las problemáticas que la “guerrita” dejó flotando en el éter, y aquí paz y en el cielo gloria.

Ahora bien, en medio de aquel “invierno candente” había una persona que tenía todos los cabos atados… y bien atados… acerca del asunto que se estaba debatiendo, y esa persona era Alberto Abreu Arcia, que ya tenía concluido, o le estaría dado los toques finales, al que resultó Premio Casa en ese mismo año: Los juegos de la Escritura o la (re)escritura de la Historia(Fondo Editorial Casa de las Américas, 2007).

Seguramente mi “paquete” contentivo de la “guerrita de los emails” no está completo, pero de todas maneras, cuando leí este libro por descubrimiento, deslumbramiento y recomendación de Carelsy Falcón Calzadilla… que se encontraría investigando para lo que resultaran sus Cartas desde el insilio (Editorial El Mar y la Montaña, Guantánamo, 2015)… fui a la carpeta que los recoge, puse el nombre de Abreu en el buscador… y no lo vi aparecer por parte alguna.

En uno de mis libros favoritos de la Biblia, el Eclesiastés, se dice: “… una ciudad pequeña, con pocos habitantes, es atacada por un rey poderoso que levanta alrededor de ella una gran maquinaria de ataque. Y en la ciudad vive un hombre pobre, pero sabio, que con su sabiduría podría salvar a la ciudad, ¡y nadie se acuerda de él!”

Claro… aunque en mi intención está presente elogiar a Alberto Abreu, tampoco pretendo decir que él, como el sabio pobre pudo haber salvado a la ciudad letrada… no… porque ella misma, en su dinámica noria de aciertos y desatinos se salva solita…pero sí quiero decir, como antípoda del sabio bíblico, que vamos a tener que acordarnos de Alberto Abreu por siempre.

Debe ser reconfortante para un intelectual convertirse en el autor de una obra imprescindible como estos juegos de la Escritura o la (re)escritura de la Historia.

Flotando sobre la utopía digo que construyó una obra imprescindible para ser no solo objeto de su lectura (por lo demás gustosa), sino como texto de estudio y análisis ineludible para directivos y promotores de la gestión cultural; como también lo es para cualquier profesor universitario de carreras humanísticas; imprescindible sin lugar a dudas para los demás correligionarios de la cada vez más ensanchada y creciente megaciudad letrada… pero ya lo dije antes: así lo considero si me pongo utópica; pero si vuelvo a la racionalidad confirmo que este libro es un ensayo que integra una investigación tan enjundiosa y bien articulada que resultará imprescindible, por referencial, para todo el que, en lo sucesivo, pretenda volver al apasionante asunto de cómo nos hemos ido definiendo y redefiniendo como cultura desde el triunfo de la revolución en 1959, hasta los albores del siglo que nos sostiene.

Muchos entrarán en contradicciones con el discurso que sustenta Alberto Abreu en estas páginas, como de hecho sucedió en cuanto el libro empezó a circular; y es que nadie en su sano juicio debe considerar que, en materia tan controvertida y dinámica como lo es la cultura, alguien logre alcanzar el último grado de la iluminación para ceñirla, interpretarla o dirigirla.

Existirán otros puntos de vista, algunos encontrarán zonas no tratadas en este exhaustivo ensayo, pero Los juegos de la Escritura o la (re)escritura de la Historia mantendrá un carácter de primer y ambicioso escalón en el intento por mostrar los resortes que nos llevaron a hacer lo que hicimos en el campo cultural, y a partir de lo hecho, todo lo demás que se fue y se irá derivando en su infinito camino… infinito, hasta que el cambio climático o los misiles atómicos diga otra cosa.

Leyendo este libro uno se percata por dónde va “el corazón” de Abreu; pero sin dudas es muchísimo más que eso; este no es un libro de arrebatos doctrinales ni de convencimientos a partir del melodrama y lo anecdótico; este ensayo se levanta sobre una base factual expuesta con rigor y, por lo tanto, al alcance de todo el que, verdaderamente, pretenda acercarse a la huella escritural que nos fueron dejando los trabajos y los días de nuestra cultura. Y en ese sentido cumple con aquella aspiración liberadora de no inducirnos a creer, como si fuésemos descerebrados comparsas; sino que nos conmina a leer, como a los eternos insatisfechos que, el simple hecho de existir, nos obliga… ¿o castiga?… a lo mejor las dos cosas.

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