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Mirada crítica al debate racial

Mirada crítica al debate racial

Por María Alejandra Casanova García

Uno de los pilares del imaginario de fundación de la nación cubana se refiere a la igualdad racial. Una larga historia de esclavitud, discriminación, problemas económicos y sociales hacen que falte mucho por lograr ese ideal. Ante esta realidad resalta el papel del activismo de escritores y artistas, así como de proyectos e iniciativas antirracistas que han conseguido hacer de este tópico un punto ineludible de la agenda pública intelectual.

Como parte de mi tesis de diploma en Periodismo acerca del debate racial cubano, contacté con el ensayista Alberto Abreu Arcia, autor entre otros del premiado e inteligente volumen Los juegos de la Escritura o la (re)escritura de la Historia.

De esta conversación virtual, cuya agudeza agradezco a Alberto, destaco la sinceridad de su última respuesta: un «No» rotundo, que evidencia el largo camino aún por andar. El desafío está en hacer de ese «No» un «Sí». Cuando eso suceda la lucha contra la discriminación racial y el racismo estará teniendo el éxito palpable que los comprometidos con Cuba siempre han deseado.

§ ¿Hasta qué punto considera que la comunidad intelectual cubana en general es receptiva al tema de la problemática racial? ¿Cuál opina Usted que es el papel del intelectual dentro del debate sobre la problemática racial en nuestro país?

Creo que la principal dificultad a la hora de responder a esta interrogante parte de que la misma concibe a la comunidad intelectual cubana como una entidad homogénea. Por lo que se impone una aclaración preliminar: los discursos y los agentes sociales que lo ponen en circulación son múltiples, divergentes y compiten entre sí provocando lo que John Dryzek bautiza con contiendas discursivas en la esfera pública. Yo prefiero hablar de campo intelectual, porque ilustra mejor no sólo las fracciones, intereses, grupos, sino también las dinámicas, relaciones internas y la lógica que, en la actualidad orientan la discusión sobre esta problemática, y sus vínculos con el poder, la cultura y la política. ¿Cómo estos discursos circulan y compiten entre sí por su legitimidad llegando a establecer consensos y diferencia? No es lo mismo el ámbito de las ciencias sociales, sobre todo aquellas disciplinas vinculadas a la etnología, la sociología, la historia, etc. que parecen haber focalizado el debate oficial en los últimos años, que el campo de la literatura, las artes, el discurso crítico sobre las mismas y el espacio de las prácticas simbólicas donde este debate o este tipo de reflexión parece contar con cierta resistencia. Ni tampoco las propuestas e interrogantes que sobre esa problemática se hacen blogueros como: Negra cubana tenía que ser, Afromodernidades, Afrocubana, por sólo mencionar tres de ellos. A su vez, las interrogantes y preocupaciones sobre el racismo y la discriminación racial de que se nutren el primero de los segmentos antes mencionados (el institucional) parece estar de espalda a lo que está pasando con las prácticas emergentes relacionadas con la racialidad como la cultura hip hop, el Spokin Word, o el proyecto OMNI ZONA FRANCA. Estos últimos nos vienen a recordar que la cultura popular negra no se ha quedado sólo en los orishas, las prácticas de la santería, sino que, afortunadamente, ha evolucionado, establecido nuevas simbiosis, readaptaciones propias de sujetos y una identidad racial que se re-de-fi-ne en un espacio de cruces, de flujos y reflujos entre lo local y lo transnacional, que escapan a todo esencialismo o fundamentalismo racial. Sin obviar lo que está sucediendo con otros grupos con propuestas políticas diferentes a las nuestras.

§ En su opinión, ¿podemos decir que los intelectuales más comprometidos con el tema tienen consciencia de grupo, actúan como tal, como una red? ¿Existe una microesfera pública?

Hablas de compromiso así en abstracto, un compromiso se establece a partir de determinados parámetros, supone un consensus no basta sólo con decir que hay desigualdad racial, exclusión, etc., con apelar a estadísticas sociales para ilustrarlas o la necesidad de recalcar que siempre estás hablando desde posiciones revolucionarias, porque ya sabes que nuestra paranoia es interminable y se presta a todo tipo de malas intenciones, sobre todo cuando se carecen de argumentos teóricos sólidos, o cuando por problemas de celo o afán de liderazgo se quiere sacar a una persona del juego. Hay que desmontar los mecanismos históricos, esos relatos maestros de la nacionalidad, sus dispositivos de disciplinamiento y control cuerpo del otro de la racialidad a través de los cuales esa academia y esa historiografía subalternizaron al negro, concibieron sus prácticas, imaginarios y cosmovisiones del mundo como bárbaras, iletradas, prelógicas. Y este gesto deconstructivo que obligatoriamente pasa por el compromiso con la teoría parece marcar la frontera entre lo permisible, deseable y legítimo y lo no permisible e ilegítimo, por el doble juego entre lo dicho y lo desplazado desde el cual los circuitos académicos han comenzado a realizar la puesta en escena de la reflexión sobre esta problemática. Para mí el compromiso del intelectual reside en la transgresión o resolución simbólica de ese nódulo o especie de disyuntiva sobre cómo construir el relato de nuestra memoria: si articularlo desde el poder o desde la perspectiva del otro sin historia. Es decir, hay que ir a la raíz del problema, no perdernos o quedarnos sólo en la inmediatez, lo coyuntural, desatar con suspicacia y rigor los complejos y sutiles hilos sobre los que descansan las relaciones entre hegemonía y subalternidad. Creo que el empoderamiento, el activismo social, el trabajo comunitario es bueno, pero no basta, corre el riesgo de quedarse ahí, sino se descoloniza el saber. No podemos en este mundo tan lleno de relatos post, donde el desarrollo de la tecnología ha posibilitado la emergencia de nuevos sujetos e imaginarios, combatir la discriminación racial empleando los mismos discursos y estrategias de los años sesenta o setenta.

Pero la descolonización del saber resulta una revolución en el plano del saber verdaderamente utópica: si tomamos en cuenta que estamos en presencia de una academia y de intelectuales formados por esa academia que todavía responden a paradigmas y epistemologías heredados de la modernidad occidental, que se dicen de izquierda, latinoamericanos, que hay que revelarse contra el eurocentrismo, contra todo tipo de colonialismo mientras en lo epistemológico miran a Occidente. No quiero poner ejemplos, porque debo ser breve y porque lo he analizado más detenidamente en otros textos publicados en mi blog.

En cuanto a la segunda interrogante presupone una utopía: tanto los discursos sobre la problemática racial, el feminista y afrofeminista, y el de la diversidad sexual constituyen, más bien, los primeros gestos o ademanes encaminados a la construcción o articulación de esa esfera pública. Sin embargo, el paso más decisivo en este sentido, a pesar de las limitaciones del cubano a Internet, se está dando a través de los blogs, donde se construye un espacio verdaderamente democrático y transdiscursivo, de flujos informales y anónimos, de múltiples conversaciones y circuitos de comunicación o en los reclamos e interrogantes sobre la ciudadanía, la identidad racial, la exclusión social, la oralidad, la memoria colectiva presentes en la música rap, el Spokin Word, que escapan a los criterios de clasificación, ordenamiento y jerarquización de lo real que, sobre la problemática racial cubana, pretende construir la academia. De ahí que, en este último caso, hablemos de textos y sujetos siempre en fuga, que descolocan a este protocolo, que se resisten a ser los sujetos dóciles de la diferencia reclamados por la voracidad del saber académico, como paso previo para ser blanqueado y asimilado a la institución. De ahí el desdén con que muchos circuitos del arte y la literatura miran a esas prácticas, donde como escribió una vez un crítico cubano desconcertado ante las mismas: uno no sabe si hacerlas cenizas o alabarlas. Ellas sacan a la luz sus percepciones higienistas y blanquistas del hecho cultural.

§ ¿Qué episodios de la comunidad intelectual cubana comprometida con el tema racial, de los 2000 en adelante, considera más importantes? ¿Qué consideración le merece la polémica alrededor del artículo publicado por el ensayista Roberto Zurbano en el periódico The New York Times?

La Gaceta Negra, El Coloquio internacional sobre Juan Francisco Manzano, La Gaceta de Cuba dedicada a Ediciones El Puente como gestos inaugurales que abrieron el camino para las discusiones y numerosas antologías que vinieron después y para la discusión pública sobre el tema en el campo intelectual cubano. Y la creación de ARAAC.

En cuanto a la polémica generada por el texto de Zurbano corrobora muchas de las cuestiones que ya te apunté. En primer lugar, creo que ayudó a perfilar el espacio de las posiciones y toma de posiciones en cuanto a los agentes sociales comprometidos en este debate. Me resultó risible cómo determinados circuitos académicos siguen anclados en determinadas nociones como mestizaje, mulatez, etc., ya hace tiempo desmontadas por los estudios culturales latinoamericanos. Vino a poner de relieve que en muchas cosas no hemos salido de determinada prácticas heredadas del Decenio Gris, más bien la hemos readecuado a los nuevos escenarios: ahora apelamos al linchamiento mediático. Demostró que sólo pueden hablar oficialmente del tema determinadas personas y obedeciendo a determinadas reglas. Lo que me recuerda a mi amado Foucault cuando dice que los discursos son máscaras. En cuanto a La Jiribilla, no creo que estuvo a la altura de este debate, lo manipuló a través de una serie de ejercicios retóricos como demuestra Víctor Fowler en su brillante texto. En mi caso se negó a publicar el texto que le envíe, peor aún: no hizo siquiera acuse de recibo. Un gesto verdaderamente irrespetuoso no sólo por las alusiones que su editorial y el texto de Víctor Fowler hacían a mi blog, sino porque, anteriormente, siempre que solicitaron alguna colaboración, no escatimaba tiempo para priorizarla por encima de otros compromisos de trabajo como en el caso de los dossiers sobre Ediciones El Puente y la Crítica Literaria en Cuba. Por suerte, gracias a esa emergente esfera pública, en tiempos donde nadie tiene el control discursivo, mucho de los textos más sinceros, estimulantes y de mayor agudeza reflexiva circularon a través de La Ceiba, Afrocubaweb, y los blogs. Los cuales publicaron todo los puntos de vistas y textos sin exclusión ni ningún tipo de condicionamiento. Muy interesante es la entrevista que Julio Ramos, uno de los pensadores latinoamericanos de izquierda más importantes, le hizo a Tomás Fernández Robaina y a Fowler. Ahora, creo que en el extranjero van a salir todos los textos de la polémica en formato de papel, eso es muy importante para que de aquí a 10 o 15 años, la gente pueda consultarlo y valorar con justeza, porque nuestro talón de Aquiles es la mala memoria.

§ ¿Cómo evoluciona ese debate? ¿Ha incidido el cambio del contexto en el cambio de la discusión sobre la problemática racial?

Oye, qué optimismo se respira en muchas de tus preguntas Creo que el debate se ha empantanado, justamente porque el contexto sigue igual. Que un grupo de intelectuales hablen en cenáculos o eventos académicos a donde sólo asisten los intelectuales y establezcan demandas las mayorías de ellas desoídas, no cambia nada. Y ¿qué hay con mis vecinos, con los tuyos, con el placero de la esquina o con el policía negro que para a los negros para pedirle carnet? Se necesitan cambiar las preguntas, y si no se pueden cambiar la pregunta hay que cambiar a los sujetos que la enuncian. Ya me aburre escuchar hablar de los mismos temas de desigualdad, el racismo, la discriminación al negro, su reivindicación social. La realidad de la calle es mucho más dolorosa, contradictoria y compleja, hay que salir a caminar, oír a la gente, meterse en los suburbios donde viven, escuchar sus palabrotas porque el lenguaje oral y gestual es una forma de resistencia, tiene sus códigos, expresa realidades y sus modos de enfrentarlas o sobrellevarlas, en fin pensar la calle. Aprender cómo el negro/a sobrevive y enfrenta a diario esa exclusión y ciudadanía abyecta. ¿Por qué la emergencia en los últimos tiempos de tantos gay y lesbianas negro/as? ¿A qué motivos responde su invisibilidad en la literatura cubana más reciente? ¿Por qué gestos machistas en líderes que en la actualidad abogan contra la discriminación racial? Creo que lo que pasó con Tomasito es un ejemplo de esto último, hay que huir de fundamentalismo, establecer alianzas, pensar la identidad racial negra como algo que se construye en la interseccionalidad de otras identidades. Por eso, me fascina ese saber de gente: su cinismo, alianzas, negociaciones, cómo y por qué los negrones del barrio fueron creando una estética de su cuerpo masculino configurándose en un objeto del deseo.

§ Tengo la percepción que la comunidad intelectual que se ha comprometido con el tema racial en Cuba ha discutido mayormente sobre cuestiones históricas y le ha rehuido a la cuestión racial hoy en Cuba. ¿Qué opinión tiene al respecto?

Totalmente de acuerdo. Pero incluso en lo histórico: las reflexiones están construidas desde el poder, y respetando los paradigmas, silencios y prejuicios que tanto la historiografía liberal burguesa como la marxista ha tenido sobre el negro. En este sentido este como una especie de consenso y pacto de caballeros entre los historiadores.

§ A partir de su experiencia, ¿es esta comunidad un espacio accesible para cualquiera que se interese en este asunto, sea o no intelectual, o independientemente de su color de piel?

Sí, en este sentido los negros son bastante inclusivos, no excluyen. Mira las religiones afrocubanas como en el presente muchos de los practicantes son blancos, y compara con el catolicismo o el cristianismo protestante. Además, recuerda que históricamente el intelectual blanco fue quien detentó el poder de enunciar y hablar por el negro, asumió el rol ventrílocuo de éste. Aludiendo a su incapacidad para el orden gramatológico y simbólico.

§ ¿Cómo se vinculan estos espacios más intelectuales con otras zonas de la sociedad?

Hay proyectos de empoderamiento y trabajo en las comunidades como el que desarrolló Color Cubano en el solar La California, la Cofradía de la Negritud, también Daysi Rubiera tiene uno con mujeres afrocubanas, Fátima Patterson en Santiago de Cuba, a través del teatro insertado en lo comunitario.

§ ¿Cree usted que el debate sobre la problemática racial en Cuba ha sido durante los últimos cinco años suficientemente eficaz y comprometido?

Lamentablemente no. Y lo más peligroso, ha sido demasiado habanocentrista. Incluso tus mismas interrogantes dan por hecho que lo que está pasando en La Habana es Cuba, qué barbaridad Es lo que Nelly Richard llama la estratificación de los márgenes: el excluido también crea castas, excluye y reproduce la exclusión de la que ha sido víctima.

§ ¿Se puede hablar de que esta comunidad ha articulado y presentado propuestas, programas, políticas, líneas de acción, etc.? ¿A quién se han dirigido? ¿Cómo, para qué y con qué resultado?

Desde luego que sí, y de manera insistente. Recuerdo varios de estas acciones llevadas a cabo por la Cofradía de la Negritud y dirigidas al Parlamento Cubano, o los recientes pronunciamientos de ARAAC. Pero creo que de estas acciones pueden hablar mejor sus actores.

§ Según su experiencia, ¿cree usted que el debate intelectual sobre la problemática racial en Cuba ha influido durante los últimos cinco años en la toma de decisiones?

No.

Cuba: una encrucijada entre las viejas y las nuevas epistemologías raciales (Final).

Cuba: una encrucijada entre las viejas y las nuevas epistemologías raciales (Final).

Por: Alberto Abreu Arcia

Para Lalita, que gustaba tanto de estas discusiones.

Alteridad textual: los universos massmediaticos y las nuevas tecnologías.

Los blogs, sitios web, boletines digitales, etc. constituyen uno de los soportes enunciativos desde el cual se comienza a pensar los distintos tópicos de la racialidad negra en Cuba. Lo anterior pudiera parecer contradictorio, si tenemos en cuenta las limitaciones de la población cubana para acceder a internet y a las nuevas tecnologías. Los mismos han provocado un descentramiento y desterritorialización de este campo discursivo, se resisten a cualquier intento estatal o grupal por secuestrar o administrar el abordaje de esta problemática.[1] Al tiempo que constituyen un emplazamiento a los modelos de enunciación tradicionalmente instituidos dentro de la ciudad letrada cubana desde su desmedido culto desmedido a la letra impresa. Aspecto que quedó demostrado en el tipo de lectura que muchos circuitos oficiales en Cuba hicieron sobre el texto de Roberto Zurbano aparecido en el The New York Times. Los cuales ponían en evidencia sus limitaciones para comprender una estrategia enunciativa de un texto que se inscribe en estas luchas culturales por la diferencia y contra la exclusión racial, donde el hablante hace uso y actualiza todos los espacios tecnológicos propios de un sujeto que se desenvuelve en un mundo post/transnacional. En un milenio donde la imagen, lo virtual y sus tecnologías han desplazado al protagonismo de la letra impresa y de lo consagradamente literario.

Dignos de atención en este sentido son los blogs: negracubanateniaqueser, de Sandra Álvarez, afrocubanas de Inés María Martiatu y afromodernidades, de Alberto Abreu, alojados en wordpress y realizados de Cuba, también el sitio afrocubaweb y el boletín digital La Ceiba gestionado por Tato Quiñones. En las bitácoras: negracubanateniaqueser y afromodernidades, la identidad racial negra se piensa desde el cruce con otras identidades de género y sexo: lo que

es ser negro y gay o negra y lesbiana. Ambos insisten en el carácter movible de las identidades subalternas y su capacidad para establecer alianzas con sus iguales en la lucha (gay, lesbianas, feministas, etc.).

Un empeño a destacar en este sentido ha sido el trabajo realizado por la documentalista Gloria Rolando, sobre la masacre en 1912 del Partido Independiente de Color y algunos artefactos artísticos del proyecto OMNI ZONA FRANCA.

Las prácticas simbólicas provenientes de los imaginarios de lo popular: un deslizamiento en las imágenes y metáforas de lo nacional.

Las investigaciones de Inés María Martiatu sobre el teatro producido por dramaturgos afrocubanos junto a los estudios de Lázara Menéndez sobre el discurso visual de Belkis Ayón y los cambios del espacio santero cubano de los últimos años, así como el trabajo realizado por Roberto Zurbano sobre la cultura hip hop resultan imprescindible a la hora de examinar los deslizamientos e inflexiones que introducen las practicas simbólicas de los artistas afrocubanos en el orden simbólico de la cultura ilustrada. En de la caso de Martiatu resulta emblemática su inspiradora labor, desarrollada durante varias décadas y en solitario, cuando muchos colegas le echaban en cara el derrochar su tiempo y talento dedicándose a cosas de negros. Sus acercamientos transversales y transdisplinarios a estas obras, se desplazan del plano de la dramaturgia a la historia del negro, a la teoría feminista, la antropología, la etnografía, los estudios culturales y subalternos, la historia del movimiento negro, etc.

Sin embargo, resulta lamentable el desamparo crítico que, en la actualidad, sufren varias prácticas simbólicas como el rap y el Spoking Word, ante la ausencia de críticos prestigiosos que los acompañen, ayuden a explicitar y colocar sus poéticas, interrogantes y propuestas estéticas. Anclados en la inmediatez y en un grupo de problemáticas sociales, hemos perdido de vista que fueron precisamente prácticas como el rap, quienes a principios de los 90, después de varias décadas de silencios y tabúes en torno a los tópicos de la racialidad y el racismos, comenzaron a llamar la atención sobre la urgencia de colocar este debate en la escena intelectual cubana.

La noción de ciudadanía cultura, en contraposición con las categorías tradicionales de ciudadanía, resulta medular para explorar los modos en que estas prácticas, imaginarios y sujetos vehiculan sus estrategias, reclamos de visibilidad y representación en el espacio público. En sus textos, la ciudad o lo urbano se concibe un espacio de controversias sociales que codifica luchas por el poder, sistemas de discriminación y diferenciación social, espacios de exclusión, dispositivos de coerción, que estas prácticas simbólicas y sujetos sociales

intentan socavar proclamando sus modos: disidentes y contraculturales de expresar su identidad racial. Recurriendo, muchas veces, reinvención de mitos y rituales mediante a una identidad racial que se deshace y rehace en el juego entre lo local y lo transnacional, en la reconquista de la oralidad y zonas silenciadas de la memoria colectiva.

Por ejemplo, la pieza titulada Poemanación, de Luis Eligio Pérez, su autor anota estas indicaciones técnicas:

Poemanación, tinta e impresión digital: poema cívico sobre bandera nacional, 58cmX88cm. 2003. El Negro Cubano, fragmento del Poema-Canal-Noticias La Calle. Este poema se apropia del lenguaje vulgar, y crea neologismos que le dan intensidad. Montado sobre instalación de banderas que recirculan para hablar de la nacionalidad también como dolor y exclusión.

Lo significativo en este artefacto artístico está en la manera en que el discurso escindido de la lengua nacional (lo tenido en el orden del lenguaje como desecho, el no-lugar dentro del cuerpo de la nación: esa palabra-otra, callejera, oral, del otro étnico, que prolifera en los márgenes) se inscribe en la bandera cubana (emblema de la cubanidad y sus discursos nacionalistas). A través de esta yuxtaposición el lenguaje, tenido por la tradición letrada como base sobre la cual se articula y descansa espíritu de lo nacional, se constituye en un elemento perturbador, que convoca a la reescritura y a un ejercicio deconstrutivo de la postura hegemónica desde la cual nuestra historiografía tradicional ha ido construyendo el sentido limitado y limitante de categorías como pueblo, nación, cultura popular, etc.

A lo largo de este ensayo he empleado los términos: afrocubano, afrodescendiente, y el otro de la racialidad los cuales son perfectamente intercambiables. A pesar de que el primero de ellos: afrocubano ha tropezado con cierta resistencia dentro de la comunidad intelectual cubana de principios de milenio.A mi juicio no se trata de un simple vocablo, sino del espacio teórico que la tradición del pensamiento antirracista y descolonizador cubano construyó a lo largo del siglo XX. El lugar de enunciación desde el cual se han articulado y re-pensando los vínculos de racialidad negra con la identidad nacional, la cultura y el poder político

El rechazo al término afrocubano trasciende la mera cuestión terminológica, y presupone un debate no sólo político, sino también epistemológico sobre la manera en que la herencia colonial y sus modos de pensar al otro de la racialidad continúan reproduciéndose en los paradigmas discursivos de nuestras ciencias sociales y humanísticas.[2] Casi siempre asociados a una política de interpretación anclada percepciones teleológicas de la historia, en una contradictoria expresión de homogeneidad, donde las categorías de sincretismo, mulatez, mestizaje, responden a esta voluntad de leer los procesos culturales de la nación cubana en términos de sucesión, homogeneidad y armonía racial. En el caso de este artículo el término afrocubano es perfectamente coherente con el posicionamiento intelectualdesde el cual encaro esta investigación, y con su voluntad de explorar los tipos de lecturas que el pensamiento afrocubano, en el presente, está realizando sobre diferencias y exclusiones históricamente silenciadas.

Alberto Abreu Arcia

Cárdenas, marzo del 2014.

Cuba: una encrucijada entre las viejas y las nuevas epistemologías raciales (Segunda Part e).

Cuba: una encrucijada entre las viejas y las nuevas epistemologías raciales (Segunda Parte).

Por: Alberto Abreu Arcia

Para Lalita, que gustaba tanto de estas discusiones.

Si bien es cierto que desde la década del sesenta existe una amplia nómina de textos artísticos-literarios producidos por mujeres negras (Nancy Morejón, Ana Justina Cabrera, Georgina Herrera, Excilia Saldaña,<ȓ style=”RIGHT: auto”> ȓ>Sara Gómez, Teresa Cárdenas, Belkis Ayllón, Magdalena Campos), que hablan desde su condición genérica y racial, sin embargo la reflexión y análisis críticos de los mismos, desde la perspectiva del feminismo negro, es un hecho reciente, que data de unos seis o cinco años. El primer gesto en este sentido se localiza en la tesis de maestría de la psicóloga y bloguera Sandra Álvarez: “De cierta manera feminista de filmar” sobre el cine de la cineasta Sara Gómez, donde incorpora una serie de presupuestos provenientes de pensadoras afrofeministas como Sueli Carneiro, Yuderkis Espinosa y bell holl. Otro estudios relevantes en esta línea lo constituyen: “Nuestra ceguera blanca”, de Yusimí Rodríguez, “Arco iris frente al mar. (Feminismo, racialidad y emancipación en las raperas cubanas)”, de Carmen Chacón Záldivar, “Pasar por blanca”, de Sandra del Valle y “La mujer afrocubana”, de María Ileana Faguaga Iglesias. A ellos habría que sumarle los textos de algunas raperas como Las Kruda, y Magia López, así como la visualidad de Paulina Márquez. Los nuevos impulsos conceptuales que emergen del pensamiento afrofeminista en Cuba, intentan volcarse hacia la perversa otredad de los sin historias desde la desmitificación de los paradigmas académicos.

Cuba una encrucijada entre las viejas y las nuevas epistemologías raciales (Segunda Parte ).doc

Cuba: una encrucijada entre las viejas y las nuevas epistemologías raciales (I).

Cuba: una encrucijada entre las viejas y las nuevas epistemologías raciales (I).

Por: Alberto Abreu Arcia.

Para Lalita, que tanto gustaba de estas discusiones.

Hace unos días conversando con un colega, le comentaba que el discurso antirracista en Cuba había caído en una especie de cansancio. Mi apreciación partía de una comparación con el debate sucedido meses atrás (abril del 2013), a raíz de la apariciónenThe New York Times(23 de marzo) del artículo de Roberto Zurbano: For Blacks in Cuba, the Revolution Hasnt Bagun. La variedad de textos generados al calor de aquella discusión, todavía hoy, resultan sorprendentes por la diversidad de posicionamientos (políticos, ideológicos, teóricos, institucionales, etc.) a la hora de examinar la problemática racial cubana de los últimos años. Lo que lo coloca como un hecho sin precedente entre nosotros.

Sin embargo, a lo que pudo ser la antesala de un cambio de signos en este campo discursivo, sobrevino el silencio, interrumpido a ratos por el viejo discurso centrado en los tópicos de la desigualdad social, política y económicas que padecen negro/as, mulato/as dentro de la sociedad actual cubana -lo reclamo por demás justo y urgente- y los tímidos gestos de las instancias gubernamentales cubanas frente a estas demandas. Dicho discurso, más allá de sus afeites sociológicos, históricos, políticos, coyunturales y su confianza ciega en las estadísticas, la materialidad del archivo constituye el punto focal de muchos libros y artículos que en los últimos años han visto la luz dentro y fuera de la Isla. En esta vertiente resultan emblemáticos los escritos de Esteban Morales. A lo anterior sumémosle que algunos líderes afrocubanos perciben que la politización del tema es la única posibilidad para que sus demandas sean atendidas.

Confieso que no puedo dejar de sonreír ante la candidez de este argumento, típico de un pensamiento binario, que todavía concibe las relaciones de entre hegemonía y subalternidad de manera vertical, y a las prácticas de poder localizadas solamente en el Estado, sus instituciones, partidos políticos, etc., y no como un complejo sistema de relaciones inscritas en un campo fuerza donde las tecnologías y dispositivos de dominación operan de forma horizontal sobre los cuerpos, los discursos, el saber, la cultura, el orden gramatólogico, la memoria del otro y su representación, etc. Lo que supone un concepto demasiado reduccionista de la blanquitud como posicionamiento hegemónico que trasciende el color de la piel y los diferentes credos políticos. Cuyos suspicaces resortes de dominación describe Santiago Castro-Gómez, cuando la define como: […] la escenificación personal de un imaginario cultural tejido por creencias religiosas, tipos de vestimentas, certificados de nobleza, modos de comportamiento y […] formas de producir y trasmitir conocimientos [el énfasis es del autor].[1]

Por otra parte, considero oportuno no perder de vista el siguiente hecho: independientemente de las coyunturas políticas, sociales y económicas que hayan determinado que el tema de la discriminación racial emerja en algunos espacios de discusión pública de la Isla, no es menos cierto que dicho boom coincide con esa especie de fascinación postmoderna que, a finales del siglo pasado, experimentó el mundo contemporáneo y la teoría de la cultura hacia la otredad, la diferencia y los imaginarios de lo popular. No sólo -como afirma Hall- nos hemos puesto de moda, sino que el sujeto negro comienzó a narrar sus propias historias, silenciadas o relatadas sólo desde el punto de vista de la razón occidental/imperial. Una memoria que ahora comienza re-construirse desde abajo hacia arriba, desde los bordes hacia el centro, a (re)escribirse desde el olvido, desde lo tachado o negado. Con todas las subversiones espistemológicas que este gesto acarrea.

En las líneas que siguen intentaré una cartografía de este campo discursivo, tomando en consideración las tensiones y descalces epistemológicos que supone la producción de nuevas categorías del saber enunciadas sobre y desde el cuerpo racializado de negro/as y mulato/as en un contexto global caracterizado por la efervescencia de relatos post. Me interesa analizar cómo el tipo de saber que están produciendo los intelectuales afrocubanos encara los binarismos, presupuestos históricos, y los grandes metarrelatos construidos por la modernidad y tradición del pensamiento occidental: sus formas de escribir e imaginar al otro desde una óptica colonizadora, sus pretensiones de una Historia (con mayúscula) concebida como un proceso lineal y universal del desarrollo de la humanidad, radicalmente excluyente, que cristaliza en las narrativas del progreso, la cual proscribe a la condición de saberes subyugados (cosmovisiones del mundo arcaicas, pre-científicas, ilógicas) las formas de conocimientos provenientes de las antiguas naciones colonizadas.

Antes de proseguir conviene preguntarse: ¿Existe en la Cuba del siglo XXI un pensamiento enunciado desde y sobre el sujeto afrocubano o se trata solo de escritos y discursos que respetando las pautas y protocolos de los marcos disciplinarios tradicionales sólo se limitan a describir o informar sobre esta problemática de exclusión racial desde perspectivas sociológicas, políticas, culturales e historicistas? Y de existir: ¿cuál es su status teórico?, ¿a qué herejías e intranquilidades epistemológicas nos abocan?, ¿qué interpelaciones lanza a las categorías del saber occidental y sus modos higienistas y terapéuticos desde los que tradicionalmente ha venido construyendo al otro de la racialidad?, ¿cuáles son sus convergencias y desencuentros con el pensamiento historiográfico, las ciencias sociales y el discurso académico institucional cubanos creadores y legitimadores de esta condición racial subalterna? Aún me atrevería a formular una última interrogante no menos desafiante: ¿Cómo este pensamiento encara las nuevas prácticas intelectuales y simbólicas y los modelos conductuales que se derivan de un mundo de sujetos post-transnacional, inmersos en un entorno massmediatico y una amplia gama de discursos post (la posteoría, lo postracial, la poscolonialidad, el postocidentalismo) donde la identidad racial negra se re-define en la intersección y el diálogos con otras identidades (genérica, sexual, generacional, grupal, etc.) cuyas prácticas e imaginarios, en la actualidad, desbordan para el cientista social los límites del conocimiento disciplinarios?

Antes de responder estas preguntas considero oportuno establecer las debidas distinciones entre lo que se ha dado en llamar discurso antirracista, y lo que en estas páginas rotularé como: la producción de conocimientos o de nuevas categorías del saber sobre la racialidad negra enunciados sobre y desde este sujeto. La primera de estas modalidades, desde su connotación semántica tan abarcadora, se distingue por la pluralidad posicionamientos, sujetos de enunciación y por ser un tipo de discursividad estrechamente vinculada al activismo contra la discriminación racial, cuya agenda se desenvuelve en un continuo galanteo con los paradigmas y disciplinas tradicionales de las ciencias sociales. Lo que explica la enorme visibilidad que tiene esta vertiente en la mayoría de los paneles, antologías y otros eventos de carácter oficial consagrados al examen de esta problemática. Su complacencia con determinados paradigmas al uso dentro de la academia cubana inviste a estos textos y autores de lo que Bourdieu en La fuerza de la representación denomina: el poder o autoridad para enunciar. Por ejemplo: la reactualización de determinados ideologemas relacionados con la intransigencia revolucionaria propios de la década del setenta y primera mitad de los ochentas, y que tantos oportunismos políticos cobijó, o apelar a la noción del mestizaje como un modo de salvaguardar la unidad de la nación, etc. Lo que pone de manifiesto cómo el acto de hablar sobre la problemática racial cubana, desde una posición comprometida con la Revolución, pasa también por la teoría o el lugar teórico desde donde se hable. Sin descartar, claro está, las diversas implicaciones y perspectivas generacionales que subyacen detrás de estos modos de conceptualizar y discurrir sobre la racialidad negra.

La segunda de estas modalidades, se trata de estudios antidisciplinarios cuyos nuevos impulsos conceptuales operan como una desmitificación o problematización de viejos marcos analíticos y modelos de representación legitimados por la historiografía y el saber académico en Cuba. Los textos inscritos en esta vertiente no descartan el activismo contra la discriminación racial, sólo que en ellos este gesto no opera de manera explícita, sino a través de la localización, descripción y desmontajes de esos dispositivos y tecnologías, que históricamente han determinado la subalternización y exclusión del sujeto negro/as, ya sean de los relatos fundacionales de la nación cubana o de otros espacios. Otro aspecto importante dentro de esta vertiente son sus erosiones al concepto homogéneo y monolítico de la identidad nacional, remanente colonial de aquella aspiración de un sujeto íntegro y universal postulado por la modernidad occidental.

Contrario a esa imagen de consensus que los espacios oficiales pretenden construir, el mapa del pensamiento afrocubano y sus luchas discursivas, en los últimos diez años, es un territorio atravesado por varios descentramientos y diseminaciones. En primer lugar, porque su soporte enunciativo no sólo se limita a la letra impresa, sino que comprende otros soportes como las provenientes de la música rap, el grafiti, el Spoken Word, las artes visuales, y los producidos por las nuevas tecnologías de la información como los blog, boletines digitales y sitios webs. Y en segundo lugar por su translocalización discursiva, pues no sólo se circunscribe a la comunidad enunciativa afrocubana dentro de la Isla, sino que está afectado por el fenómeno de la emigración, los disensos políticos, las alianzas con otros movimientos de la diáspora africana en Latinoamérica y el Caribe y el interés determinados investigadores de la academia euro-norteamericana hacia el tema. Lo que refleja en la producción de un saber cuyas perspectivas metodológicas, analíticas y paradigmas interpretativos establecen desfasajes o desniveles sustanciales en virtud de la comunidad enunciativa desde donde se enuncia y se piensa la problemática de la racialidad negra cubana y sus distintos avatares culturales e históricos. (Continuará)