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Representaciones del personaje del negro en la literatura cubana

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Representaciones del personaje del negro en la literatura cubana.

Una perspectiva desde los Estudios Subalternos

(Madrid: Verbum, 2010)

Carlos Uxó

Cuenta el periodista cubano Manuel Vázquez Portal que en el año 1999, mientras vendía libros en la habanera Plaza de Armas, se le acercó una joven portuguesa que quería escribir una tesis sobre “el negro en la literatura cubana”. La respuesta, medio en broma, medio en serio fue tajante: “Tendrás que leer toda la literatura cubana”.

Mi libro Representaciones del personaje del negro en la literatura cubana. Una perspectiva desde los Estudios Subalternos no trata, desde luego, de toda la literatura cubana, cubana, sino de la representación en la narrativa cubana de ficción del personaje del negro, con el doble objetivo de establecer, a través del análisis de dicha representación, la relación entre ésta y la perpetuación de la posición subalterna del negro, y de determinar hasta qué punto la primera generación de escritores nacidos y educados en la Revolución (los Novísimos) rompen con las tradiciones observables hasta entonces o se adhieren a ellas. A tal fin, y tomando como base los parámetros teóricos de los estudios subalternos – sigo un acercamiento multidisciplinario acorde con las tendencias más recientes en estudios de este tipo y recurro a estudios sociológicos, históricos, o económicos para complementar el puramente literario.

Si bien es cierto que otros críticos han analizado ya el personaje del negro en la narrativa cubana (pensemos en The Black Protagonist in the Cuban Novel (1979), de Pedro Barreda; El negro en la novela hispanoamericana (1986), de Salvador Bueno y los tomos II y IV de la monumental Cultura afrocubana (1988-1994) de Jorge e Isabel Castellanos), mi trabajo se centra específicamente en el papel desempeñado por los letrados en la subalternización del negro, aspecto totalmente ausente en los textos citados – que, en todo caso, tampoco alcanzan a la narrativa de la Revolución. De otro texto sobresaliente, Black Writers and the Hispanic Canon (1997) de Richard L. Jackson, me separa su enfoque exclusivo en escritores negros, así como su expreso deseo de conseguir que las obras de los escritores estudiados se integren al canon literario hispánico, finalidad bien ajena a mi estudio.

Por lo que respecta a la literatura más reciente, ciertamente en las últimas dos décadas las expresiones culturales y religiosas afrocubanas han sido analizadas con atención inusitada por parte de numerosos especialistas, tanto cubanos como extranjeros. Tal proliferación, sin embargo, no ha alcanzado el campo literario cubano, en el cual todavía en 2004 resultaba poco “usual abordar las problemáticas raciales” (Zurbano). Más recientemente, este extremo quedaba confirmado por Alejandro de la Fuente, para quien si bien se habría “presenciado una actividad significativa en las últimas dos décadas” en torno a los estudios sobre el mundo afrocubano, éstos se habrían concentrado mayoritariamente en torno a la religión y la música (de la Fuente “Recent” 110). Efectivamente, el renovado interés mencionado por de la Fuente, apenas si ha alcanzado al terreno de lo literario (y específicamente la narrativa), donde por otra parte se ha mantenido la tendencia general a analizar en relación a obras y escritores canónicos como Alejo Carpentier, Lydia Cabrera o Miguel Barnet. Más aun, en el caso de los Novísimos, no existe hasta el momento un solo estudio, por breve que sea, que lleve a cabo una lectura racial de su narrativa.

Como queda dicho, el marco teórico adoptado en este libro, es el de los estudios subalternos, corriente teórica que brota a comienzos de los años ochenta entre historiadores indios opuestos a las historiografías elitistas británica y nacionalista india. Para quienes se vinieron a constituir como el Grupo de Estudios Subalternos del Sureste Asiático, ambas formas de entender la historia de la India concedían un papel exagerado a las respectivas élites desde las que estaban escritas, eran incapaces de describir adecuadamente la realidad del sujeto subalterno y estaban directamente implicadas en la construcción y mantenimiento de un statu quo basado en la dicotomía entre grupos hegemónicos y grupos subalternos. Asimismo, ambas historiografías asignaban únicamente a los grupos hegemónicos la categoría ‘agente’ –que desaparecía por completo entre los subalternos– y eran responsables del ‘fracaso cognoscitivo exitoso’ (la sanción de un consenso social basado en un método analítico erróneo).

 

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Frente a todo ello, el intelectual subalternista (tanto en la primera versión surasiática, como en la adaptación realizada al contexto latinoamericano llevada a cabo por el Grupo Latinoamericano de Estudios Subalternos, fundado en 1992) propone recuperar al subalterno como sujeto de la historia, reconocer su agencia, analizar la relación entre poder y cultura y trazar un itinerario del silencio que permita entender cómo los grupos hegemónicos han vetado al subalterno el acceso a la enunciación.

Conviene enfatizar que los estudios subalternos no son estudios sobre los subalternos, sino análisis de las dificultades para representar a los subalternos, especialmente en los discursos y prácticas del saber letrado. El objeto de su estudio (y el de este libro) no es tanto profundizar en el conocimiento sobre las clases subalternas cuanto examinar las dinámicas que imposibilitan que su voz sea escuchada.

Los estudios subalternos resultan una herramienta efectiva para el estudio de la literatura, en tanto que ésta, como forma cultural, articula representaciones del sujeto subalterno que necesariamente se posicionan ante el poder hegemónico (al cual respalda o refuta). Las decisiones adoptadas por un autor a lo largo del proceso creativo no poseen un carácter meramente estético, sino que establecen necesariamente una interacción con los centros de poder y los procesos de subalternización. Por ello, se señala como prioritario el análisis de tal interacción, a fin de establecer hasta qué punto los letrados en general (y los narradores en particular, por lo que respecta a este libro) se hallan implicados en el mantenimiento de un statu quo que imposibilita la articulación de voces subalternas. El análisis literario que se lleva a cabo desde los estudios subalternos traza, en definitiva, un “itinerario del silencio”, locución que enfatiza dos aspectos de interés especial en mi trabajo: el mutismo que se le impone a las clases subalternas (en este caso afrocubanas) y la perduración del mismo a lo largo de la historia.

A fin de trazar este itinerario del silencio, en el capítulo dos me he centrado en lo que podríamos denominar proceso de subalternización socioeconómica del negro, mientras que en los capítulos tres y cuatro he tratado el proceso de subalternización observable en la narrativa cubana. El análisis de ambos procesos, en todo caso, muestra su relación intrínseca y la implicación y participación de éste en el mantenimiento de aquél.

En el capítulo 2, “El negro en Cuba”, llevo a cabo una revisión de los eventos históricos que han influido de manera más directa en el estatus social del negro en Cuba desde su llegada hasta el final del siglo XX. Este capítulo no sólo provee un contexto histórico en el que situar el análisis literario de los capítulos 3 y 4, sino que además muestra la continua subalternidad del negro a lo largo de los tres periodos en que se divide la historia de Cuba (Colonia, República y Revolución).

Llegado a Cuba como esclavo de amos españoles, el negro ocupa desde su entrada en la historia de la isla una posición claramente subalterna. No obstante, su dedicación inicial mayoritaria al servicio doméstico y las presiones mínimas de un todavía embrionario sistema económico le evitan las crueldades extremas posteriores. Paulatinamente, y como resultado directo del drástico descenso de población indígena y el progresivo desarrollo de la economía cubana, sus circunstancias sufren un franco deterioro paralelo al cual tienen lugar tanto la reinscripción identitaria del negro como el desarrollo por parte de éste de diversos modos de resistencia. Este libro analiza ambos fenómenos a partir de los presupuestos teóricos de los estudios subalternos, reclamando tanto la agencia del negro en el proceso identitario como el carácter político de la lucha contra la opresión en que se encontraba.

A finales del siglo XVIII el desarrollo de una economía de rápido crecimiento provoca tanto un vertiginoso aumento del número de esclavos como un rotundo deterioro de sus condiciones, circunstancias ambas que combinadas con el triunfo de la revolución de esclavos en Haití crean una situación altamente volátil. La tensión racial lleva a la repetición insistente de unos círculos viciosos (que ya se apreciaban con anterioridad pero que resultan ahora más violentos) en los que a cada levantamiento o acto de rebelión esclava responden los grupos hegemónicos con una escalada inusitada de violencia y represión. Las brutales represalias de las conspiraciones de Aponte (1812) y la Escalera (1844) resultan paradigmáticas en este sentido. El segundo caso, por lo demás, supone un intento de reafirmar la línea de división racial que la aparición de una incipiente clase media negra hacía tambalear.

 

Para leer mas ~ Representaciones del personaje del negro en la literatura cubana

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El Puente

Alberto con Victor Hugo y Roberto Zurbano.Campos Cruzados

Alberto con Victor Hugo y Roberto Zurbano.Campos Cruzados

Re-pasar El Puente

Por: Roberto Zurbano

Abordar las Ediciones El Puente es una deuda histórica, difícil de solventar sin acudir a las voces omitidas durante tantos años y a otras voces silenciantes que habían negado o les cuesta recordar, el modo en que nacen a las letras cubanas de los sesenta un grupo de autores, hoy dispersos dentro del campo literario cubano, cada vez más amplio y diverso, en cuyas fronteras se intercambian y actualizan nuevos y viejos valores.

Ediciones El Puente no solo fue un proyecto editorial encabezado por José Mario, Ana Maria Simo e Isel Rivero en su primer momento. Lanzan un manifiesto en octubre de 1960, donde pudo leerse su entusiasta identificación con la efervescencia revolucionaria que vivía el país, con el anunciado Primer Encuentro de Poetas y Artistas, próximo a celebrarse entonces en la ciudad de Camaguey, organizado por Rolando Escardó y con el Avión de la Poesía. A partir de noviembre de 1960 comienzan a aparecer los 38 títulos que publicarían hasta principios de 1965; salieron bajo el diseño grafico de Gilberto Seguí y José Lorenzo Cruz, quienes trabajaban las portadas con obras propias y con originales de Rene Portocarrero, Antonia Eiriz, Miguel Collazo, Laura Zarrabeitia, Jesús Rodríguez Pena, José Manuel Villa y otros.

Entre las firmas que publican su primer libro en El Puente se encuentran Nancy Morejón, Rogelio Martínez Furé, José Milian, Georgina Herrera, Gerardo Fulleda, Nicolás Dorr, Ana Justina, José Mario, Manolo Granados, Ada Abdo, José Ramón Brene, Ángel Luis Fernández, Ana María Simo, Jesús Abascal, Mariano Rodríguez Herrera, Evora Tamayo, Reynaldo Felipe, Héctor Santiago, Mercedes Cortázar, Joaquín G Santana, Guillermo Cuevas Carrión, Ana Garbinsky, Santiago Ruiz, Antonio Álvarez, Silvia Barros y el peruano Rodolfo Hinostroza; sin olvidar aquellos que no publican allí sus primeros libros, pero sí los segundos como es el caso de Miguel Barnet o Belkis Cuza Malé. Prepararon varias antologías, de las cuales solo una –la de poesía, en su primer tomo- llegó a publicarse. Algunos firmantes del manifiesto como Eugenio Hernández Espinosa o Mario Balmaseda, no alcanzan a ser publicados; tampoco salió de imprenta la Revista del Puente en cuyo primer numero se ofrecían sendas traducciones de La nube en pantalones de Maiakovsky y el celebre Aullido de Ginsberg, incorporando ese gesto de apertura intelectual del campo editorial cubano de los sesenta, por el cual también quedo anunciado en la tapa de algún libro la publicación del Poema para promover el enjuiciamiento del presidente Eisenhower de Ferlinghetti.

El Puente constituye ese capitulo perdido de la historia de la literatura cubana en el periodo revolucionario que nuestros grandes textos críticos e historiográficos –léase diccionarios, antologías, panoramas, bibliografías y memorias– silencian con la mayor tranquilidad. Pocos de nuestros exegetas en la isla se han ocupado de dichas publicaciones, ni de la inserción de este grupo de jóvenes autores en aquel álgido momento del campo editorial cubano. Tal fenómeno ha dormido mucho tiempo en las oscuras manos del olvido y de la irresponsabilidad intelectual.

PARA EL ARTICULO COMPLETO – El Puente, Roberto Zurbano

Aquella luz de La Habana

Aquella luz de La Habana

A la memoria de Ana Justina que todavía me acompaña.

Por: Gerardo Fulleda León

Entre las fotos que guardo de entonces hay una en que somos tan jóvenes que da envidia. Estamos de pie, frente a la puerta de la Imprenta Arquimbau. Ocupamos ese tramo de la acera de la calle Obispo: José Mario, Ana María, Ana Justina y yo. Nos alumbra toda la luz de las tardes de diciembre en La Habana, de fondo, como para cegar al espectador y volvernos algo irreales. Llevamos encima libros, discos, súeters y carteras y en conjunto tenemos quizás ese aire de intelectuales que anhelábamos alcanzar algún día. A un extremo y de lado, Ana Justina, nuestra “justicia”, con sus gafas oscuras y esa elegancia humilde y precisa que imponía, con su cortedad y peculiar humor. Ana María mira al frente. Sus ojos vivaces esbozando una sonrisa impecable en su anticipo y hermosa como siempre. Yo secundo a Ana María y miro a la cámara, sin poder ocultar el regocijo de poder disfrutar del momento y de quienes me rodean. Al extremo, Mario con su blanca camisa y su aspecto de chino poblano. No quiere mirar a la cámara, pero está satisfecho totalmente, sin lugar a dudas. Seguro celebramos las pruebas de galera de un libro o su culminación.

Había conocido a Mario meses antes, una noche de comienzos del 1961, en un aula del Teatro Nacional de Cuba, en la Plaza de la Revolución. Allí sesionaba el seminario de Dramaturgia que por entonces conducía el argentino Samuel Feldman. Estaban algunos de aquellos que nos volveríamos inseparables muy pronto. Eugenio Hernández Espinosa, Guillermo Cuevas, (Héctor) Santiago Ruiz… junto a otros cuantos alumnos. Al día siguiente, en la Biblioteca Nacional “José Martí”, Eugenio y él me presentaron a Ana Justina Cabrera y más tarde a Ana María Simo. Desde ya empezamos a intercambiar opiniones, a polemizar y coincidir en algunos puntos. A partir de ese día nos citábamos asiduamente o nos encontrábamos cualquier tarde en los jardines de la UNEAC, en un parque, a la entrada de un ciclo de cine soviético en la Cinemateca de Cuba, en una función de teatro en el Mella, en los pasillos de una exposición de Portocarrero, en un concierto de Bola o la Burke; y ligábamos la tarde con la noche y allá nos íbamos a escuchar el feelling en El Gato Tuerto o jazz en el Atelier y bajábamos y subíamos La Rampa y terminábamos las madrugadas en el Malecón leyendo poemas, cantando boleros o contándonos sueños y aspiraciones.

Mario pasó a ser el gran descubridor de talentos; aparecieron Nancy Morejón, Reynaldo García Ramos, más tarde Georgina Herrera, y se sumaron otros al Lina de Feria núcleo central como la “crítica” del grupo, la profesora Josefina Suárez, que nos trajo a Liliam Moro, su alumna, a nuestro seno. Y otros tantos que llegaron después. Pero también nos descubría otros tesoros. Su capacidad de lectura era insaciable y no pasaba un día que no llegara a deslumbrarnos con rara avis: un ejemplar de Ficciones, de Borges; Los cantos de Maldoror, de Lautreamont; Una temporada en el infierno, de Rimbaud; Elegía sin nombre, de Ballagas; o la Aurelia, de Nerval, y teníamos que no dormir esa noche para entregar el libro en la tarde siguiente a otro de nosotros, para que lo leyera. Así, gracias a él o a su estímulo, fuimos tras Rilke, Tagore, Maiakovsky, Eluard, Quasimodo, Essenin, Quevedo, Garcilaso, Huidobro, Proust, Seferis, Dylan Thomas, Aimé Césaire, Hölderlin… y muchos más que devorábamos con fruición.

Desprendido hasta llegar a manirroto, nos invitaba en ocasiones a meriendas y almuerzos en el Wakamba o el Karabalí. Todo sacado del bolsillo de Mario, su padre, quien tenía una floreciente ferretería cerca de la casa familiar en Buena Vista. También lo ayudaba económicamente su contrato salarial como dramaturgo exitoso con el Consejo Nacional de Cultura, ganando cifras insospechadas hasta entonces por un escritor de teatro en nuestro país. Piezas que, después de ser estrenadas, en su mayoría formaron parte del libro Quince obras para niños. Algo insólito aún en nuestros días. Esas grandes ocasiones se celebraban por todo lo alto, preferiblemente en el Polinesio del hotel Habana Libre. Allí, un día llegó con otro descubrimiento, la “mítica” Josefina Duarte, con sus gafas al aire y su delgadez extrema (¿qué será de ella, de su sabiduría de la calle y aquellos poemas desconcertantes que nunca publicaría?). Pero allí y donde fuera, lecturas, controversias, planes. El sueño de José Mario eran unas ediciones para publicar nuestros textos: El Puente.

Los primeros antecedentes de este empeño los podemos encontrar en un volante: “Manifiesto” que, firmado por José Mario, Isel Rivero, Eugenio Hernández Savio, Mario F. Balmaseda, Ana María Simo, José Madan, Reynaldo Hernández, Ray Pelletier, Armando Charón y Guillermo Cuevas salió a la luz en octubre de 1960. Allí manifestaban:

Nosotros jóvenes escritores: Conscientes del gran vuelo emocional que recorre nuestro suelo. Conscientes del gran mensaje que está presto a recibir el pueblo. Conscientes del ejemplo de unidad que debe dar nuestra generación. Proclamamos la total adhesión al Primer encuentro de poetas y artistas, dedicándole el 25% de la primera publicación que llevaremos a cabo, al avión de la poesía…

Esas primeras publicaciones eran “El grito” (poema), de José Mario Rodríguez, y “La marcha de los hurones” (poema), de Isel Rivero, editados ambos por la imprenta de la C.T.C. Revolucionaria en ese mismo año. Y terminaban el panfleto con: “Por la declaración de La Habana. Por la dignidad y superación del hombre en todos los aspectos. Por la unidad de América Latina”.

PARA EL NARRATIVO COMPLETO – Aquella Luz de la Habana

Ediciones El Puente. (Segunda Parte)

(RE)  Escribir la Historia de Ediciones El Puente.

(Segunda Parte)

Por: Alberto Abreu

Poesía yoruba, editada en 1963 testifica a favor de estas reformulaciones, cuando en el prefacio, su traductor y compilador: Rogelio Martínez Furé anota:

Estamos en un período de revalorización de nuestro acervo cultural. Cualquier información sobre los pueblos que nos conformaron, en especial, aquellos a los que la actitud prejuiciosa de muchos ha querido negarles facultades creativas, nos ayudará a conocer y comprender mejor nuestras características. Este hurgar en el pasado y en sus prolongaciones presentes servirá para hallar soluciones a nuestros conflictos de índoles culturales y reafirmación de nuestra personalidad como pueblo.

Y como si estas declaraciones no fueran lo bastante elocuentes. La nota de contracubierta señala: “Poesía yoruba, se publica por ser la cultura africana que más influencia ha tenido en Cuba, a través de la región (sic.) llamada Santería. ”  Al tiempo que  anuncia la edición de una vasta compilación de mitos yoruba bajo el título de Ifá Dice, la cual no llegó a salir. En cuanto a Poesía yoruba, me cuentan, que se agotó apenas se colocó en el mercado. Hoy, constituye una joya bibliográfica por los comentarios que encabezan cada una sus secciones y sus esclarecedoras notas al pie de página.

Aquí las moscas hacían bateyes inmensos

En los platos de lata y en los sentimientos.

Aquí los negros quieren ser hombres.

¡Pobre del negro!

¿Acaso no saben que existen tiendas por departamentos?

(“Desde atrás”)

Estos versos pertenecen a El orden presentido, de Manuel Granados. Su autor, al formular las relaciones pueblo-sujeto letrado; introduce (dentro de la norma conversacionalistas  predominante) inflexiones y giros propios del argot desclasado de la raza negra. Quizás en este último aspecto estribe su diferencia con un poeta de la generación anterior,  otro desclasado social, como Rolando Escardó. En el caso de Granados, no se trata solamente de la representación de ciertas categorías socioculturales asociadas a la pobreza como marcas lingüísticas del entorno en que ha vivido el poeta. Sino expresiones de una  crisis de identidad y su dimensión étnica alejada de todo exotismo y de la ideología homogeneizadora del blanquiamiento racial.

PARA EL NARRATIVO COMPLETO – Ediciones El Puente PART 2

Ediciones El Puente

(RE)  Escribir la Historia de Ediciones El Puente.

(Primera Parte)

Por: Alberto Abreu

Aquél es el parquecito de Albear. En Fragmentos a su imán, Lezama se refiere a él como “en la placita donde O’Reilly y Obispo/ desenfundan su Tarot.” Andar y desandar por Obispo, el diálogo, el misterio de sus calles antiguas, los encuentros y desencuentros… El poema, “Nuevo encuentro con Víctor Manuel”, recrea el ritmo, la atmósfera de los paseos de artistas y escritores de aquellos años por la ciudad intramuros.

Nada de bifurcaciones, en el mejor de los casos, torcer hacia el camino contrario es querer hacer otra cosa que la misma. Obispo, esa calle larga y angosta al estilo de las de Europa en el medioevo: “larguísima calleja”, la llama Lezama. En otro verso la glorifica: “una de nuestras calles ancestrales”.  Un espacio público que no se contamina, y se resiste a las intervenciones de la modernidad. En el poema de Lezama es una vía, una senda que propicia un viaje ancestral que, al estilo de los caminantes de Emús, marca siempre nuevos reencuentros.

Precisamente, si transitamos por Obispo en dirección a La Plaza de Armas, a mano derecha, encontraremos el local donde estuvo, hasta la década del sesenta, la imprenta Arquembau. En el dossier que prepara el crítico cultural Roberto Zurbano para La gaceta de Cuba dedicado a El Puente, incluye un texto “Aquella luz de La Habana” donde el dramaturgo Gerardo Fulleda _tomando como pretexto una foto de esos años en que eran tan jóvenes que daba envidia -, hurga en la memoria. Construye un relato desde la evocación, no excepto de paradojas y sin sabores.

Allí aparecen, a la entrada de la imprenta, (como si fuera no hace tres o cuatro décadas, sino ayer mismo); expandido por toda la acera: José Mario, Ana María Simo, Ana Justina Cabrera y el propio Fulleda. Al fondo, el ir y venir de los transeúntes. Un automóvil avanza en dirección a ellos, tal vez se ha detenido unos metros antes, eso ya jamás podremos precisarlo.

Si leemos con atención la foto nos percataremos, inmediatamente, de dos aspectos. El primero, tiene que ver con el escritor, su ciudadanía y los espacios públicos. Más que posar ante el lente de la cámara sus cuerpos insinúan una apropiación o actuación en el escenario urbano, propia de quien se vale de él para transformarlo en la escena de sus proposiciones particulares. El segundo, apunta a la diversidad racial y de género dentro de la ciudad letrada, sus pretensiones de representación y legitimidad.

Roberto Zurbano en el artículo “Re_ pasar El Puente”, que sirve de pórtico a este dossier comenta: “[…] pues otra de sus marcas significativas fue la alta proporción de mujeres, negros, homosexuales, pobres y otros marginados sociales que expresaban sus diversos conflictos e interrogantes literaria”.

PARA EL NARRATIVO COMPLETE – RE) Escribir la Historia de Ediciones El Puente

El Miedo al Negro~

Presentamos a los lectores de Afromodernidades este fragmento del libro inédito de Juan F. Benemelis El miedo al negro. Donde su autor, a través de una minuciosa y documentada investigación, nos revela sobre una de las páginas más siniestras, lamentables y poco conocidas de la historia de la República, vincula a la ideología supremacista blanca y sus prácticas de blanqueamiento.

SEGUNDA PARTE: EN POS DE LA RAZA PURA

La Ideología supremacista blanca de Cuba. La eugenesia cubana. Estado y Nación. El Nacionalismo racista. Colonialidad y Descolonización.

La Ideología supremacista blanca de Cuba.

El tema de la composición racial de la Isla, así como “el miedo al negro” entronizado por la revolución de Haití, era la constante en la sociedad cubana durante el siglo XIX, y lo continuó siendo en el XX y ha llegado hasta el XXI. La esclavitud del africano, el racismo contra el negro y el mulato, la segregación en la política y la economía no fueron aplicadas por los euro-cubanos en un vacío teórico, ni fue resultado de la real-politik o de las leyes económicas del momento. La oligarquía criolla decimonónica y la clase rectora veinteañera tuvieron sus ideólogos destacados y echaron manos a todas las teorías que justificaban la esclavitud y el racismo a partir, supuestamente, de las “ciencias”.

No fue o ha sido una hegemonía improvisada o ad-hoc, sino intencional, bien pensada, con un corpus teórico, que en nada envidia a la de los colonizadores afro-asiáticos del siglo XIX o de los proponentes de la superioridad “aria”.

En el proceso de asentar su supremacía y de imponer los intereses de su sexo, “raza” y clase, durante cuatro siglos, el patriciado criollo distanciaría a quienes necesitaba explotar y controlar, instaurando así, entre otras cosas, la “desaparición” del indio, la discriminación del negro, la marginalización del chino y la invisibilidad de la mujer de todas las razas. Es a partir del color blanco de los castellanos que se construye en América, especialmente en estas islas cisatlánticas, el orden jerárquico de la sociedad colonial, que iniciándose en la cima piramidal con el blanco peninsular, pasaría por el blanco criollo, luego el mestizo hijo de blanco y de india, el mulato hijo de blanco y negra, o blanco y mulata, termina con el negro en sus dos variantes: emancipado y esclavo. Así tuvieron lugar en Cuba los bochornosos pasajes de la investigación de los ancestros, de los “certificados de blancos” y de pureza de sangre.

Para emigrar a Cuba era necesario un juramento de “limpieza de sangre e hidalguía” y debía estar reclamado por alguien en Cuba: “Que no es descendiente de moros ni judíos ni ha sido jamás procesado por delito de Inquisición. Que tampoco procede de moros ni mulatos” (Murillo: 118-119).

El debate de las aparecidas teorías evolucionistas sobre la unidad o diversidad de la especie humana y la inferioridad o superioridad entre unas y otras “razas”, tuvo lugar inicialmente y con más encono en la Real Sociedad Económica de Amigos del País de la Habana; aspecto que desbordó la institución y que fue y sigue siendo la cuestión central de Cuba (García González, 1996, 25-26). En la Sociedad Económica de Amigos del País se formó la comisión de población blanca, la cual estuvo integrada en todo momento por intelectuales, comerciantes y algunos grandes hacendados, como José Ricardo O`Farrill, Juan Montalvo, Andrés Jáuregui, Tomás Romay, y Antonio del Valle Hernández

Pero donde mejor puede observarse es en los proyectos presentados en 1856 por José Suárez Argudín, Manuel Basilio Cunha Reis y Luciano Fernández Perdones, de traer aprendices africanos libres a la isla, expresando que el negro era justamente clasificado como la “raza” inferior de la gran familia humana y como el grado intermedio entre “raza” caucásica y el segundo orden de la escala zoológica.

Felipe Poey compartía la creencia de que el hombre blanco era superior y más inteligente al hombre negro, por ser el más civilizado. En un célebre discurso ante la Sociedad Económica, Poey abogó por una sociedad blanca, que frenase el continuo avance de la población de color y que constituyera el grueso de la sociedad sobre la que se levantaría Cuba. Tanto este discurso de Poey, como el de Antonio Bachiller y Morales y la disertación de Ramón Zambrana, ese mismo día en tal institución, si bien implicaban un agudo ataque contra la esclavitud por su profunda crítica étnico-religiosa y humanística, pero sobre todo antropológica y científica, por otra parte se apoyaba una inmigración blanca, espontánea y libre (Zambrana, 1864, 259-268).

Antonio Bachiller y Morales defendía la necesidad de establecer en la Isla un régimen autonómico, y abrazó el separatismo muy posteriormente. No puede negarse que era un vehemente partidario de la abolición; una de sus piezas conocidas fue su disertación en el Liceo de Guanabacoa sobre la unidad moral de las razas. En 1985 escribe su monografía De la Antropología en Cuba y dos años después, con tres cuarto de siglo, publica Los Negros. Bachiller y Morales estudió el proceso de la esclavitud de los africanos en Cuba con la trata y el movimiento abolicionista y penetró en las creencias, instituciones, costumbres y tradiciones de los africanos. Murió en La Habana en 1889. (Costa, 1994, 207-208)

Sobre estos “ilustrados” descansó la conformación del siglo XIX cubano, estableciendo los paradigmas ideológicos de la élite blanco-europea hegemónica, influyendo en las vías del crecimiento económico, en la entronización de las ciencias, en especial de las que se centraban en el humano como la biología, la antropología, la sociología, la psicología y la psiquiatría; desgraciadamente todo para finalmente tratar de demostrar la superioridad de unos hombres (los blancos) frente a otros (los negros y mulatos).

Es notorio que en esta búsqueda de “pureza” de parte de la población blanca de la Isla pasaba por alto el hecho histórico que los ibéricos, como menos a partir del Neo-lítico, habían atravesado por un vasto proceso de mestizaje con los grupos humanos que poblaban el litoral norte del África, y en el caso de los canarios con el África occidental.

La controversia de monogenistas y poligenistas del siglo XVIII, la cual se debatió fuertemente en Cuba en el siglo XIX y primera mitad del XX, tenía además un fondo religioso pues, los adeptos al monogenismo consideraban la descendencia a partir de Adán y Eva, como planteaba el Antiguo Testamento.  Esta tendencia de buscar un asidero “científico” que justificase el trabajo esclavo o la subordinación al poder político y económico, vía demostración de raza inferior, encontró en la antropología y en las ciencias médicas elementos para apoyar y avalar tales actos.

PARA EL ARTICULO COMPLETO – El miedo al negro, fragmento

EL NEGRO EN CUBA

EL  NEGRO  EN  CUBA[1]

Por: GASTON   BAQUERO

Uno de los tópicos favoritos del exiliado blanco cubano es de la inexistencia en Cuba, antes del comunismo, de conflictos raciales.

Como casi todos los tópicos ese del no racismo, de la no discriminación, del no conflicto, es falso. Es una utopía, un fragmento de la más bella utopía soñada por el género humano, la pretensión de que haya existido o pueda existir por ahora una convivencia pacífica, consolidada por la igualdad real y práctica de posibilidades y de derechos, entre razas diferentes en un mismo país.

Dondequiera que estén conviviendo dos razas, dos religiones, dos idiomas, dos culturas, dos niveles económicos distintos, hay segregación, hay discriminación, hay lucha de razas, y una de ellas tiende instintivamente a dominar a la otra para dejarla al margen de las posibilidades de bienestar, de acceso al poder, y de aseguramiento del porvenir.

Desconocer esto es desconocer la historia pasada y presente de la humanidad. Dicho de una manera simbólica, desconocer la lucha perpetua de unos hombres contra otros por apoderarse del mando y de la riqueza, es desconocer la trágica supervivencia del episodio bíblico de Caín y Abel.

Entre los hombres de una misma raza, de una misma religión, de una misma cultura, de una misma capacidad  económica, se reproduce también todos los días, en grande o en pequeño, cruenta o inocuamente, la tragedia de Caín y Abel. La presencia de ¨otro¨, distinto, extraño, desvía momentáneamente el instinto de agresión, trasladándolo del igual al diferente.

Si hay señales, diferencias visibles, pruebas de que no se pertenece al clan dominante, la lucha es más fácil, más justificada por parte de los beneficiarios, los agresores, y más sufrida por parte de las víctimas. Cuando los blancos – o los católicos, o los negros, o los protestantes, o los ricos, o los pobres- se quedan solos, acaban siempre mordiéndose, despedazándose entre sí para alzarse cada cual con la presa si es posible. Pero si quien se acerca al banquete, si quien pretende participar o está participando, es distinto, diferente- negro, judío, extranjero, de otra religión, de otro partido político, pobre, etc.-, todos los otros se unen (provisionalmente) para acabar con el intruso.

Esta es todavía la ciega ley de la vida, el instinto zoológico de conservación. Esto es así, en todas partes, porque el ser humano se encuentra aún en los albores, en los balbuceos, y muy débiles, muy tenues aún, de la condición humana. El hombre sigue siendo una fiera. Está saliendo apenas de la animalidad, de la reacción desnudamente zoológica, instintiva, brutal, ante los obstáculos del mundo.

En esa cosa primitiva que es aún el mundo de los hombres (probablemente nuestra especie es, en el universo, la menos inteligente, la menos desarrollada, la menos racional de cuantas pueblan los mundos), no cabe pretender que actuemos como seguramente actuará el hombre dentro de diez siglos.

Lo humano del hombre está comenzando, es una lenta insipiencia, un tímido y minúsculo indicio de lo que llegará el hombre, el instinto impera sobre la razón. La cultura es aún un proyecto lejano, lejanísimo, porque la cultura no es otra cosa que la subordinación, el enrriendamiento de la animalidad, por la voluntad del hombre sobrepuesto y dominador de su bestia propia y personal.

En tanto no se alcance esta superación del sub-humano o pre-humano actual, es absurdo, es pueril, hablar de que amamos al prójimo, y de que en una ciudad fundada por blancos, los negros (o amarillos, o los rojizos) pueden vivir sin problemas, de igual a igual. Tampoco puede existir para los blancos en una sociedad fundada por negros. Eso no existe todavía, no ha existido jamás bajo la bóveda celeste.

Alemania parecía ser la nación más civilizada, más importante de la historia, después de la China antigua y de la Grecia del siglo y antes de Cristo. Allí habían nacido Goethe y Federico Nietzsche. Todo lo valioso que el hombre ha dicho en los siglos XIX y XX, se dijo primero en alemán. Sin embargo, fue allí, en la nación de las naciones, en la cuna y trono de la inteligencia, donde se produjo el estallido zoológico más humillante para el ser humano.

Ciertamente, el racismo de los nazis no era sino la última posibilidad que quedaba a la raza blanca para seguir ocupando el primer puesto en la brutal historia por donde ella se había paseado durante siglos como un vampiro insaciable. Pero la fiereza de Hitler le llevaba a devorar por igual a los judíos y a los blancos de otros países, que se habían tragado previamente a los negros, a los indios y a los chinos. Comiéndose a Francia, Hitler estaba, de paso, almorzándose las posesiones francesas en África y en Indochina; tragándose a Gran Bretaña, se merendaba de paso un imperio donde efectivamente el sol no se ponía jamás. Hitler quiso poner de acuerdo por la fuerza a los blancos, bajo su batuta, desde luego, y los blancos se coaligaron contra su único posible paladín. Hitler cayó, y la Europa colonialista e imperial murió con él.

Los negros, los chinos, los asiáticos de todo matiz (incluyendo en primer término el matiz ruso, como quería Spengler), asistían a aquella lucha de fieras entre blancos, con una sutil sonrisa. Adivinaban que la Europa blanca, colonialista, feroz, iba a ser sustituida provisionalmente en el poder mundial por una nación que tenía dentro el veneno de su disolución, que no podría jamás llegar a ser un imperio tipo Gran Bretaña, o tipo Francia, porque era una nación mestiza. Europa, por su ceguera, por sus guerras entre blancos, dejaba vacío el trono, y Norteamérica tendría que ocuparlo efímera  e ineficazmente, por una simple razón de vacío que se llena con el cuerpo más próximo, valga lo que valga, sirva o no sirva. Norteamérica estaba hecha con un mestizaje tal, con una mezcla de razas y de europeos resentidos de tanta entidad, que no les sería posible de ningún modo ocupar el puesto imperial de los europeos blancos. ¿Por qué? Porque Norteamérica no es una nación blanca. Procuró imitar a los europeos subyugando al negro, pero el negro ganó finalmente la partida.

Y la ganó porque Norteamérica no es una nación europea. Infortunadamente para la raza blanca; afortunadamente para las razas de ¨color¨). Alexis de Tocqueville, advirtió que dentro de cien años- es decir, ahora, hoy- ese país sería destruido por el conflicto racial, por la presencia y actividad de los negros. Adolfo Hitler le añadió a Tocqueville la observación de que Norteamérica se hundiría además por el lastre judío que lleva en las entrañas.

“Por más que vivo y trabajo entre paredes de cristal, no soy comprendido”.

Antonio  Maceo

-PARA EL ARTICULO COMPLETO SOBRE EL NEGRO EN CUBA- Gaston Baquero El Negro en Cuba


[1] La enciclopedia de Cuba.   Tomo   5 Playor. S.A.  Madrid, 1974